Redacción Terra
En Holanda, se vivieron los primeros Juegos Olímpicos de la Era Moderna sin la presencia directiva de Pierre Coubertin. El mundo vivía entonces una época de bienestar y alegría, y la paz parecía un logro definitivamente conquistado.
El regreso de Alemania y Austria a la cita olímpica confirmó el clima de paz y equilibrio que vivía el mundo en 1928. Así, el movimiento olímpico tenía un marco ideal en el cual manifestarse. Y así fue.
Aunque ni el gobierno holandés ni la corona aceptaron con mucho ánimo los Juegos por las elevadas inversiones económicas que requerían, el fervor popular sí arropó cálidamente los juegos de 1928 en el oasis de paz que eran los Países Bajos, tierras de singular riqueza que no habían intervenido en la primera Gran Guerra. Prueba de ello fue que los juegos y sus instalaciones tuvieron que ser sufragados a través de suscripciones populares, lo que demostró, aparte del desinterés gubernamental, la sensibilidad deportiva de los holandeses.
Por lo mismo, no se repitió la experiencia de la Villa Olímpica y los participantes se alojaron en cuarteles, barcos, escuelas y demás lugares improvisados. Por primera vez la llama olímpica, encendida en las ruinas de Olimpia en el Peloponeso, llegó a la ceremonia inaugural mediante relevos que cruzaron Grecia, Yugoslavia, Austria, Alemania y Holanda. Así nació, uno de los más bellos simbolismos del deporte actual: El mito del fuego olímpico y de su llama luminosa e inquieta.
Por primera vez se consigue ajustar el calendario y reducir la duración. A excepción de las competiciones de futbol y hockey que se desarrollaron del 17 de mayo al 13 de junio, el grueso de los juegos quedó reducido a

