
Bob Fernandes
Pekín. A menos de un kilómetro del Congreso del Pueblo, sede del parlamento y refugio del poder autodefinido como la Economia de Mercado Socialista, se oyen gritos lastimosos:- Péguenme, arréstenme y golpéenme, cerdos, ladrones...
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Los gritos son de una mujer de unos 60 años. Piernas arqueadas como un vaquero, joroba pronunciada, pantalón violeta sucio como la camisa rosada de mangas cortas.
Los gritos, de odio puro, resuenan y atraen a decenas de hombres y mujeres que empiezan a formar una multitud. Cercada de guardias con uniforme verde, la señora sube el tono.
- Hijos de p... , hijos de p...
Ahora son alaridos y la anciana ya no está sola. Sombrero de paja, jeans, zapatillas chinas negras, diario doblado en su mano izquierda, otra mujer vocifera.
En la camisa marrón y beige salpicada de flores, un botón con el rostro de Mao Tsé-Tung. La señora, ella también por los 60, toca el rostro de Mao con el índice de la mano derecha y avanza sobre los soldados, ahora ya con el dedo inquisidor:
- Ladrones, chorros, se robaron el dinero del partido, el dinero del pueblo...
Llegan más policías, y más gente que se va amontonando.
A poco más de 50 metros de allí, de espaldas a ellas, el enorme retrato de Mao preside la entrada a la Ciudad Prohibida, en el corazón de Pekín.
Emperadores
Ciudad Prohibida. Un millón de obreros construyeron 890 edificios en 150 mil metros cuadrados, más de 9 mil habitaciones repartidas en un área de 720 mil metros cuadrados.
Fue a comienzos del siglo XV, entre los años 1406 y 1421. Hoy Museo Imperial, la Ciudad Prohibida albergó durante cinco siglos a 24 emperadores de las dinastías Yuang, Ming y Qing, el último de ellos, Aising-Gioro Pu-Yi.
De la dinastía Manchú que reinaba desde 1644, coronado a los 3 años de edad y derrocado por la Revolución China de 1911, Pu-Yi fue el último de los emperadores que gobernaron China desde el siglo II antes de Cristo.
Pu-Yi vivió en la Ciudad Prohibida hasta 1924, 10 años después, se convirtió en títere de Japón al ser proclamado Emperador de Manchuria.
Prisionero ruso del 45 al 50, con el advenimiento de Mao Tsé-Tung fue "reeducado" y terminó sus días como jardinero.
Bernardo Bertolucci cuenta la historia de Pu-Yi en El Último Emperador. En una de las escenas creadas por el director, el perplejo niño Emperador se enfrenta por primera vez a una multitud.
La Puerta Sur de la Ciudad Prohibida, punto desde donde los ojos de Pu-Yi descubren la miseria en el filme, es donde, en este comienzo de otoño 2007, las dos mujeres enfrentan a la policía.
"No saquen fotos"
- Arréstenme, péguenme - grita la señora de pantalón violeta.
Mochila en la espalda, arrastra con la mano derecha, protege como si fuese un tesoro, el motivo del cerco policial: chucherías para vender a los turistas, guardadas en una valija de rueditas.
Un auto amarillo de la policía intenta obligarla a dejar la entrada de la Puerta Sur. Los guardias, casi niños, se aproximan, pero retroceden asustados por el griterío.
El auto de la policía avanza, toca bocina, rodea. La mujer se arrodilla, se vuelve a levantar y arremete contra los guardias, siempre a los gritos.
Uno de los jóvenes policías sonríe, otro intenta sujetarla y ella le escupe el rostro, gravísima ofensa para un chino.
Surgidos de la nada, vestidos de civil, unos hombres dan órdenes a los transeúntes, mientras levantan brazos y manos frente a la cámara de Terra diciendo:
- No saquen fotos, no filmen...
La otra señora grita cada vez más fuerte, con el dedo índice en un vaivén entre el botón de Mao y los policías frente a ella.
La aglomeración de turistas, casi todos chinos, aumenta. Los guardias optan por emprender la retirada. En vano. Las dos mujeres, cada una por su camino, siguen a los guardias, siempre a los gritos.
El séquito de espectadores acompaña, espera el desenlace. Los guardias apuran el paso, intentan escapar en dirección a la puerta donde Mao Tsé-Tung es un retrato en la pared.
- Arréstenme, péguenme...
La de pantalón violeta arrastra su dolor y su carrito de chucherías en la persecución. La de ropa clara y sombrero de paja grita más fuerte. El equipo y el traductor de Terra Magazine no pueden dejar de oír:
- ...ustedes corrompieron el partido, se llevaron todo el dinero del pueblo, y ahora ¿cómo vamos a hacer?
Brazo derecho erguido, dientes apretados, el botón de Mao sacudiéndose en el pecho, la señora arenga ante ojos y oídos atentos:
- ...¿Ustedes son chorros o líderes del pueblo? ¿Cómo vamos vivir, chorros? ¿Qué va a comer el pueblo?
Los guardias apuran el paso, las mujeres no retroceden:
- ...chorros,... ladrones,... hijos de p...
Coro de gritos, otra multitud a menos de 10 metros de distancia de las dos mujeres.
En una enorme garita de vidrio espejado, del lado de adentro, para que lo vean los guardias, el aviso:
- Sala Espejada de Vigilancia
Más gritos en coro. En la pared de la garita el mensaje del entonces presidente Jiang Zemin, el 16 de abril de 1996:
Ejército de Fuerza.
Actitud de Excelencia.
Disciplina Rigurosa.
Garantía con Fuerza.
La anciana maoísta sobrevive revolviendo basura, se percibe cuando se aproxima al contenedor y lo revuelve con intimidad. Cincuenta soldados gritan todavía, siempre en coro. Otros 12 se colocan frente a ellos.
Del coro irrumpe la pregunta:
-Estoy actuando bien, ¿o no?
-Bien!!! - es la respuesta de la tropa.
El equipo azul gana el primer cuarto del partido de básquet, 20 a 18. Aplausos y vivas de medio centenar de soldados del Ejército de Liberación Popular.
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