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AP
La policía vigila uno de los asentamientos gitanos que fueron atacados por ciudadanos napolitanos.
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Vera Gonçalves de Araújo
Roma, Italia
Doña Flora Martinelli, residente del barrio Ponticelli de Nápoles, puso a su hijita Camilla de seis meses en la cuna, y cuando regresó de la cocina la beba no estaba en la habitación y la puerta de la casa estaba abierta. Corrió hacia afuera y vio una gitana que descendía las escaleras con la criatura en brazos. Salió atrás de la mujer, recuperó a la fuerza a su hija en la puerta del edificio, y el griterío de las tres atrajo una multitud que casi lincha a la gitana. Llegó la policía y se llevó a la mujer a la cárcel, ella dijo que se llamaba María o Angélica, la televisión cuenta la noticia. Allí comienza una reacción popular que nunca había visto en los más de 30 años que llevo viviendo en Italia: un grupo de napolitanos asalta los seis campamentos de gitanos de la zona, pidiendo justicia sumaria.
En dos días los campamentos donde vivían unas 600 personas quedaron vacíos (más que campamentos son villas de emergencia) y entonces el pueblo se desató incendiando las casillas y con expresiones como por ejemplo "qué pena que estén vacías", "precisamos una buena limpieza étnica", etc. Europa y en especial España se escandalizan y tildan a los italianos de racistas, mientras el nuevo Ministro del Interior, Roberto Maroni (de la Liga del Norte), promete línea dura contra los gitanos, los clandestinos y los indocumentados. Las encuestas de opinión (hasta incluso entre los lectores de los diarios de izquierda) demuestran que el 52% de los entrevistados quieren expulsar a los extranjeros: cuando se pronuncia la palabra "gitanos" el porcentaje trepa al 70%.
Antes de ser aplicada, la línea dura de Maroni necesita resolver un problema importante. Parte de los inmigrantes sin documentos son mujeres de los países del este europeo, de Asia, África y América latina que trabajan cuidando ancianos. Si fueran expulsadas, el Estado deberá gastar al menos 15 mil millones de euros para socorrer al pueblo cada vez más viejo y necesitado de asistencia diurna y nocturna. Ahora Maroni está estudiando una solución para salvar por lo menos a las cuidadoras. El país que ayudó a construir muchos otros países (incluso Brasil) con sus emigrantes, se revela intolerante y racista con quien emigra para trabajar y vivir en Italia, huyendo de la pobreza, las guerras, las persecuciones en sus tierras. Si el llamado "paquete de seguridad" del gobierno Berlusconi fuese aprobado en el Parlamento, los que no tuvieran los papeles en orden irían presos. Una decisión que puede hacer estallar las cárceles del país, que ya están atiborradas de extranjeros.
Los gitanos, muchos de los cuales viven en Italia desde los años 60, no se quieren ir. Una parte del pueblo "Rom" (1) se insertó en la sociedad italiana, pero todavía existen tribus nómades que viven en villas de emergencia y rehusan renunciar a sus tradiciones. Mujeres y niños se ganan la vida pidiendo limosna y robando las billeteras de turistas distraídos. Algunos de los hombres trabajan como músicos, o en los parques de diversiones, o robando el cobre de los cables de las líneas telefónicas y ferroviarias. La frase que mi abuela me decía cuando yo dejaba la puerta de casa abierta ("cuidado niña, que viene la gitana y te lleva") parecía una de aquellas leyendas urbanas que pasan de padres a hijos, como el lobizón y el tutú marambá. Pero si el caso de Flora Martinelli fuera verdadero, la pesadilla se convirtió en realidad. Y la caza de brujas (gitanas o de cualquier otra nacionalidad no italiana) está abierta.
(1) Rom: entre los gitanos, aquellos originarios de los Balcanes.
Terra Magazine