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Buenos Aires, paraíso infernal

Getty Images
Muleiro: Las autoridades federales dicen que las acciones delictivas vienen en descenso. En la foto: policías en las calles de Buenos Aires.

Hugo Muleiro
Buenos Aires, Argentina

Chilenos, brasileños, colombianos, ecuatorianos, venezolanos que pasean por Buenos Aires y se maravillan con sus museos, compran aquí y allá y no saben qué sala teatral o de cine elegir entre las decenas y decenas disponibles, parecen estar en otro mundo. O en otra ciudad.

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Sergio Paulo y Jesuina son de Porto Alegre, donde se conocieron, después de que él se radicó allí "huyendo" de San Pablo, como lo relató a Terra Magazzine. Radiantes ambos por las atracciones del barrio histórico de San Telmo, meca del tango pensado para beneplácito de los turistas internacionales, ellos dicen que Buenos Aires, en materia de seguridad, supera holgadamente a cualquier ciudad grande de su país. "Prueba en Río -desafió Jesuina al cronista- llegar todos los días a tu hotel a las 2 ó 3 de la madrugada, durante una semana. Algo te sucederá".

Juan Fernando Rodríguez Escobar es un colombiano que está cursando una maestría en la Universidad de Buenos Aires, pero como lleva ya dos años en la ciudad su percepción no tiene el entusiasmo del turista que va de paseo. Con sus rutinas diarias, describe una sensación de cierta desprotección en algunas zonas de la capital argentina, donde coinciden, opinó, iluminación deficiente, acumulación de residuos y falta de presencia policial, lo que compone "una escenografía lúgubre".

No obstante, abre la hipótesis de que su percepción esté marcada por el hecho de que para cualquier colombiano "un hombre armado hace parte del paisaje. Para cualquier colombiano es muy normal encontrarse con un policía, un vigilante privado e inclusive un militar en cada cuadra, y la presencia de ese hombre armado se convierte en sinónimo de seguridad". Gustavo Padilla es ecuatoriano, también estudia en Buenos Aires, en una universidad privada, desde hace un año. Como su preferencia es la comunicación, se define "muy conectado" con los medios. "Sé que algo pasa, sé que hay mucha preocupación entre los argentinos, pero tengo la suerte de que nunca me sucedió nada. Quito es una ciudad tranquila, creo, pero nada se compara con esto de Buenos Aires, andas a cualquier hora, inclusive con transporte público".

Entre todos los visitantes, los venezolanos y muy en especial los caraqueños son los más sorprendidos. Es el caso de Mariana Quiroga, una cineasta documentalista que nació en Argentina pero vivió y estudió en Caracas desde muy pequeña: "Fui asaltada con pistola en la puerta de un edificio en uno de los mejores barrios caraqueños. Después de que anochece no se ve a nadie caminando por la calle, la gente anda solo en automóvil. Todos los días oyes horrores de gente asaltada y asesinada en todos lados y a toda hora".

En comparación con esa realidad, le dijo a Terra Magazzine, "la sensación de seguridad que me da Buenos Aires es plena. En esta ciudad los espacios públicos y la calle le pertenecen a la gente, he visto personas sacar a sus perros a la 1 AM, yo misma he caminado sola a las 11 PM un domingo, o a las 3 AM un viernes, sin sentirme insegura". Es difícil responder a la pregunta de por qué hay una percepción tan diversa entre latinoamericanos de una misma realidad, en un ámbito geográfico relativamente reducido como la capital argentina. Quizá una clave de la respuesta asoma en una declaración reciente del director de Política Criminal del Ministerio de Justicia, Mariano Ciafardini.

Se respira otros aires

El contraste entre percepción y realidad se refleja entre gobernantes y opositores locales. Las autoridades federales dicen que las acciones delictivas vienen en descenso, mientras sus adversarios y medios de comunicación privados hablan minuto a minuto de una situación prácticamente insoportable.

El poder político en Argentina es capaz en pocos años de actuar de manera muy contrastante. Entre las relaciones carnales que consumó con Estados Unidos en los 90, en tiempos de Carlos Menem, y el reclamo reciente de la presidenta Cristina Fernández a Washington para el fin del bloqueo contra Cuba y de todo intervencionismo en la región. Por eso, no es de extrañarse que un tema de inabarcable complejidad como la seguridad/inseguridad registre una discontinuidad de concepción y acción más que notable.

Las estadísticas oficiales venían mostrando un descenso de la cantidad de delitos por habitante, por lo menos durante el período de crecimiento económico inédito para el país, hasta mediados de 2008, cuando empezó a sentirse la crisis mundial. Pero los opositores sostienen que eso se debe únicamente a que gran parte de las víctimas de delitos no se molestan en denunciarlos, por carecer de confianza en el sistema. Y no faltan quienes trazan una línea de comparación con la época de la dictadura (1976-1983), en la que la militarización del país daba un contexto imposible de trasladar en el tiempo si se trata de un análisis razonable.

La violencia entra en campaña electoral

En un vaivén que se profundiza en época de campaña, como la que está en transcurso con vistas a las elecciones legislativas de junio, parecen estar en choque dos modelos principales frente al problema, aunque no falten matices. Por una parte el de la mano dura, la tolerancia cero, la multiplicación de la presencia de la policía, que esté dotada con medios mejores y salarios más altos, penas más duras y baja de la edad de imputabilidad de los adolescentes.

Por la otra, la acción de prevención y educación, la mirada puesta en la realidad socioeconómica como factor que crea el riesgo de delinquir y el respeto inclaudicable a todos los derechos, incluyendo los procesales. En 2005 se denunciaron en Argentina 1.206.827 hechos delictivos, lo que arrojaría uno cada 26 segundos, según el Ministerio de Justicia de la Nación. Ese total expresa una baja de 3 por ciento respecto de 2004. Un foco especial de atención es la provincia de Buenos Aires, el estado más grande del país, y cuya zona más habitada rodea a la capital federal para conformar un conglomerado de alrededor de 10 millones de personas, donde hay grandes bolsones de pobreza extrema. Allí, entre enero y noviembre de 2008, dice la estadística oficial, hubo 90 mil delitos que, según estudios opositores, se podían "prevenir", es decir si hubiera un sistema estatal eficiente.

La danza de cifras puede ser interminable y, también, ofrecer contrastes. Hace pocos días, el director regional de UNICEF, Nils Kastberg, recordó que las estadísticas de la ONU muestran que Argentina es uno de los países de América Latina que tiene uno de los índices más bajo en cuanto a homicidios dolosos: 5,5 cada 100 mil habitantes, contra 32 en Honduras, 55 en Jamaica y 57 en El Salvador, que están en el otro extremo. Kastberg llegó especialmente a Buenos Aires para pedirle al gobierno nacional que no se preste a bajar la edad de imputabilidad penal de los adolescentes, de 16 a 14 años, porque según dijo ninguno de los países que aplicó esa fórmula consiguió mejoras en la seguridad.

"Queremos nuestra policía"

El alcalde de la ciudad de Buenos Aires, el empresario Mauricio Macri, opositor al gobierno de la presidenta Fernández, alega que la situación de seguridad es mala en la ciudad porque las autoridades federales no permitieron hasta ahora que el distrito cuente con una policía propia, ya que en las calles de la ciudad actúa la Policía Federal. Por eso intenta avanzar con la creación de una fuerza propia, pero reclama fondos nacionales para ello porque la ciudad, dice, es la que per cápita más aporta a la recaudación coparticipada "entre todos los estados- de los impuestos.

Como siempre que se vota, el tema es constante en los discursos y mensajes de la campaña. El gobierno de la provincia de Buenos Aires, distrito de cuyo resultado la administración nacional dependerá en buena parte para conservar o no su mayoría en las cámaras de Diputados y Senadores, publica estos días estadísticas que muestran más acción policial, más armas y drogas incautadas.

La Coalición Cívica, la agrupación de la ex candidata presidencial Elisa Carrió, que formó alianza con el partido UCR del ex mandatario Raúl Alfonsín para tratar de constituirse en la fuerza opositora principal en el Congreso, acusa al gobierno de no ocuparse del problema. Guillermo Smith, diputado en la ciudad por la Coalición Cívica, dijo a Terra Magazine que el tema de la seguridad hay que tratarlo "en forma integral, en el aspecto socioeconómico, con la policía propia, que es un mandato constitucional que el gobierno nacional no cumple, y por eso entablamos una demanda ante la Corte Suprema de Justicia". También pide "jerarquizar" a la policía, que los agentes reciban salarios acordes con el riesgo que asumen. "A las instituciones -dijo Smith- hay que sanearlas, no defenestrarlas, así como hay malos policías, los hay buenos. A veces la policía fue manejada con espíritu corporativo, por eso la conducción tiene que ser política".

Sobre la tolerancia cero invocada por algunos sectores conservadores, Smith advirtió que "los extremos son siempre malos; tolerancia cero o garantismo total. Hace falta una política armónica, y políticas de estado que aborden la salud para prevenir la adicción a las drogas, que mejoren la educación y el funcionamiento de la justicia".

Espejismos y la pena de muerte

Marisa Bertone es una docente argentina que vivió muchos años en Venezuela. Es investigadora en derechos humanos y regresó recientemente a vivir en el país. Ella marca la diferencia entre la dimensión objetiva del problema de la seguridad, es decir el problema real, y la dimensión subjetiva, que como dicen muchos especialistas está determinada en gran parte por la percepción que se construye a partir de los medios de difusión.

De hecho, pocas semanas atrás el país volvió a enfrentarse al debate sobre la pena de muerte, después de que la conductora televisiva Susana Giménez propuso su instauración a raíz de que fue asesinado un allegado suyo. Actrices, músicos, los famosos, ocuparon espacios mediáticos interminables para opinar sobre el tema, con bastante más oportunidades que especialistas en el tema, locales e internacionales.

Parece ser cierto que la impresión individual del problema a través de los medios requiere de una rigurosidad en la búsqueda de la información que no está al alcance de quienes cada día deben ir a sus trabajos, estudiar, viajar, enfrentar sus responsabilidades domésticas. Y es por eso que, durante algunos días, unos pantallazos televisivos pueden hacer sentir al desprevenido que Argentina, y en particular la ciudad de Buenos Aires y el gran conglomerado urbano que la rodea, viven en el peor de los infiernos.

Se suceden crónicas de homicidios, asaltos, ataques violentos, sus investigaciones y derivaciones judiciales. Pero en los días en que la preocupación mundial y excluyente es la nueva gripe generada en el virus de origen porcino, la seguridad/inseguridad estuvo muy lejos de ocupar un lugar prioritario en los canales informativos.

Percepción vs. Realidad

Al hablar sobre la tasa de asesinatos, citó las cifras oficiales según las cuales Argentina registra 6,32 homicidios cada 100 mil habitantes, en comparación con 3 cada 100 mil habitantes en Chile, y 1,8 de Canadá. Pero también comparado con Brasil, con una tasa de 19 asesinatos cada 100 mil habitantes, dijo.

Entonces, agregó, "no estamos tan mal si nos comparamos con otros países de la región" pero sí, aceptó, "tenemos cifras tercermundistas". Los habitantes de Buenos Aires, sobre todo los de su clase media mayoritaria, y desde ya sus clases altas, el conjunto social al que más responde buena parte de los medios locales en este tema, difícilmente aceptarían que viven en el "tercer mundo" y que son parte de él. Tampoco que viven en una sociedad llena de complejidades y tensiones, y con paisajes muy diferentes al de tantas calles con cines y teatros, bares y restaurantes abiertos a las 2 ó 3 de la madrugada, gente caminando a toda hora, entre una arquitectura que lleva una indeleble marca europea.

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