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The New York Times
Christopher Hitchens
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Christopher Hitchens
The New York Times
Según su obituario, publicado el 18 de septiembre en el New York Times, el comentarista político Irving Kristol se sintió intimidado por los intelectuales de Nueva York en la ocasión en que se sentó a la mesa con Mary McCarthy, Hanna Arendt y Diana Trilling.
Esa imposición del estándar intelectual, sin embargo, parecía estar mucho más relajada cuando nos encontramos en una cena en el Lehrman Institute, en Manhattan, en la década de 1980. Él siquiera se dio el trabajo de esconder su desdén por el lugar en que lo pusieron a la mesa, en la cabecera, entre los más ávidos fumadores. Determinado a deturpar sus expectativa sobre mí -usando un tipo de trotskismo que él ya había dejado de lado hace algunos años- le pregunté educadamente sobre su experiencia en Londres como editor de la revista Encounter. Aunque haya sido financiada por la CIA, la revista literaria era un verdadero granero de talentos de la escritura, y sus oficinas eran un punto de encuentro de las personas más interesantes e inusitadas.
"¿Quiere saber lo que realmente me espantó en Londres?", disparó Kristol. "La cantidad de homosexuales que hay allá". Entendí lo que quería decir, y no me espanté con su aspereza notoria, pero la respuesta eliminó la posibilidad de cualquier charla literaria. Luego estábamos hablando de política y nuevamente dijo algo que prácticamente me calló cuando mencionó que no creía que Jacob Timerman, el editor argentino y judío preso sin juzgamiento y torturado por la dictadura, hubiera pasado por las experiencias que narra en el libro "Prisionero Sin Nombre, Celda Sin Número". No recuerdo bien cómo terminó la noche, pero si nos hubiéramos despedido con un sentimiento de estima mutua, me hubiera acordado.
El gran encanto de Irvin Kristol, en otras palabras, era que no tenía ningún interés en tener algún encanto. La mayoría de sus célebres comentarios e intervenciones tenían un carácter de rispidez, un abordaje probablemente originado en sus años de marxismo. Una de sus declaraciones más típicas (y también verdaderas) era que si supiera que la CIA estaba financiando la Encounter, no se importaría.
Y la imagen del neoconservador como un liberal que fue "tomado de asalto por la realidad": Después que las personas superaban la reacción exagerada sugerida por el doble sentido de la palabra "asalto", ellas notaban -con alguna renuencia, es verdad- que Kristol había encontrado una forma casi maldita de resumir la forma deprimente con que la utopía puede colidir con la brutalidad humana. La propia palabra "neoconservador", utilizada, quizás acuñada, por el socialista Michael Harrington para describir a sus antiguos camaradas, fue evitada e ignorada por la mayoría de sus blancos hasta que Irving Kristol dijo "lo siento, es eso lo que somos, entonces vamos a adoptar el título".
Me encantaba constreñir a los reaganitas judíos seculares, insistiendo en hablar de su alianza con la llamada Liga Cristiana; Creo que sería Kristol que escribiría un artículo diciendo que, en muchas cuestiones difíciles, desde las familiares hasta la situación de Israel, esos sujetos de la derecha religiosa tenían mucho que decir.
En aquella época, el apodo "neocon" tenía una asociación especial con el nombre Jeane Kirkpatrick, que intentó forzar una distinción entre dos tipos de dictadura -autoritaria y totalitaria- y que también acabó justificando lo que sucedió en Argentina. Es interesante observar la metamorfosis del término, ya que "neoconservadurismo" se transformó ahora en un nombre para describir a las personas que desean utilizar las fuerzas armadas americanas contra las dictaduras, de Slobodan Milosevic a Saddam Hussein. El final de la Guerra Fría probablemente ayudó a aclarar este proceso de alejar la intervención del peligro de "intercambio" (¡que palabra!) nuclear y también nos hizo acordar que había amenazas remanentes de regímenes más fascistas en su ideología y práctica que el comunismo. Es raro pensar que muchos de la izquierda hayan tardado tanto en ver la amenaza del unipartidismo, del estado único y de los sistemas mesiánicos.
Kristol normalmente despreciaba a los "intelectuales", pero había una tentación intelectual a la que él difícilmente resistía. Le encantaba enfatizar que la clase obrera y sin educación era más viva y mejor en muchos puntos que los intelectualizados. Su hijo William (a quien le ofrezco mis condolencias, además de la viuda Gertrude Himmelfarb) fue bastante fiel al padre cuando usó el término "élite cultural" para desdeñar a los que no lograron ver las cualidades de Dan Quayle.
Asimismo, la ruptura de Kristol con el movimiento socialista sucedió cuando sirvió en el ejército americano y declaró que "las masas" eran difíciles, groseras y peligrosas. Sus dos errores principales, hablar bien sobre el senador Joseph McCarthy en 1952 y votar en Richard Nixon dos décadas después, ambos surgieron de su confusión entre el candidato idealizado y el hombre corrupto; y entre "el pueblo" y aquellos que practicaban el populismo para manipular a las masas.
La facción (¿o sería el movimiento?) neoconservadora es normalmente secular y está asociada al filósofo político Leo Strauss. Kristol era el tipo de persona a la que nunca le importaba admitir ser "straussiano" y Strauss se destaca entre los pilares del conservadurismo americano porque tiene una naturaleza escéptica con relación a la religión. Kristol se mostró contradictorio también en su posición entre una élite cultural hermética y la voluntad popular. Si entendí bien, creía que la religión era un arma poderosa para mantener al pueblo en la línea, sin que importara su grado de veracidad. Si eso se hubiera transformado en una paradoja con una pizca amarga de cinismo, le hubiera encantado.
Terra Magazine