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EFE
"La inauguración de la estatua, en escala proporcional al tamaño de una niña real de su edad, tiene múltiplos significados, además de simplemente crear más una atracción para turistas", dice Vitor Hugo.
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Vitor Hugo Soares
Salvador, Brasil
Bombardeado por tantas noticias desagradables, que llegan de un lado a otro del continente, llega a dar alegría saber que, desde el domingo pasado, quien camina por San Telmo, barrio bohemio, antiguo y encantador de Buenos Aires, encontrará la estatua en tamaño natural de Mafalda.
Homenaje justo a la estrella de las tiras de cómicas del dibujante Quino, una de las más fascinantes figuras femeninas que ya conocí. Aun no siendo de carne y hueso, ella transpiraba pasión y entrega por todos los poros, común en aquellos años 60/70.
Pensé con mis botones de bahiano perdidamente enamorado, a décadas, tanto por esta niña incontrolable, cuanto por Buenos Aires, la esplendorosa ciudad de su nacimiento y residencia. Pienso: que gran personaje de la semana de Brasil y Argentina, a clamar la resurrección por lo menos por un día, del épico Nelson Rodrigues. Sólo este pernambucano, y carioca de la yema como ningún otro, sería capaz de producir un texto con la fuerza necesaria para este sábado de fin de inverno al sur del continente. Día histórico cualquier que sea el resultado de la partida en Rosario, en que las selecciones de Maradona y Dunga reviven toda la rivalidad y encantamiento de ese confronto del futbol mundial con pasiones en la piel, del modo de Mafalda.
El primer recuerdo es que de tantas veces que ande quilómetros por las calles Corrientes, Esmeralda o Reconquista, siempre llenas de gente, de día y de noche - "hasta cerrar el último quiosco", como dice Maradona - a procura de una "tira" nueva de Mafalda. Si no había reciente, compraba las más antiguas, pues siempre parecían renovadas y sorprendentes a cada nueva lectura. Que placer acompañar de cerca las aventuras de aquella niña indomable, con sus mensajes sabrosos e implicancias que siempre daban que pensar.
Una de ellas con políticos fanfarrones y gente machista, autoritaria, pusilánime o corrupta. Tipos que Mafalda detestaba tanto cuanto a la sopa caliente casera que la madre la obligaba a tomar, creyente -como todas las buenas madres, con misturas explosivas de sangre italiano y judío corriendo en las venas- en los poderes de la alimentación saludable. Hijos deben tomar toda la sopa, aunque sea necesario matar o morir -depender del origen de la madre en el caso-, para que ellos obedezcan, sin dejar una gota en el plato.
La búsqueda por Mafalda producía una sensación de entusiasmo de descubierta -semejante a los paseos a los quioscos de periódicos en Salvador para comprar la nueva edición del Pasquim- para el joven repórter brasileño del Jornal do Brasil que trabajaba en la sucursal de "Salvador de Bahía", como los amigos porteños repetían a cada nueva presentación. Argentina entonces, al inverso de Brasil, parecía un oasis de libertad en la política, en las calles, en los bares y restaurantes en el convivio cotidiano de la "ciudad fluorescente", como en el tiempo en que Gardel canta con nostalgia en el tango "Anclao en Paris".
Leo que la inauguración de la estatua de Mafalda, en escala proporcional al tamaño de una niña real de su edad, tiene múltiplos significados y objetivos, además de simplemente crear más una atracción para turistas que visitan en grupos una ciudad ya tan repleta de atracciones. El escultor Pablo Irrgang, responsable por la escultura, explica: la idea central es establecer un punto de interacción del personaje con sus seguidores y visitantes, "en el local de los hechos".
Hay, entretanto, una diferencia: en la estatua recién inaugurada el original vestidito rojo de los primeros años de Mafalda fue cambiado sutilmente en el monumento (¿o ni tan sutilmente?) por una ropa verde, como piden los nuevos tiempos "políticamente correctos", en que la cuestión ambiental asume el lugar de las utopías de antes, concentradas en los conflictos políticos, ideológicos y de cambios de comportamiento, expresos con todas las palabras y acciones de la niña enfadada.
Esta observación crítica partió de Margarida, mi mujer, también periodista, fan ardorosa de Mafalda, a punto de haber recibido el apodo honroso del personaje de Quino, en los tempos de fierro en que circulaba en la redacción del periódico en que trabajaba vestida en contestadoras camisas de la revolucionaria porteña, en la época en que generales, aliados a civiles mal disimulados, mandaban en Brasil. El hecho es que la escultura viene saldar una deuda pendiente de los argentinos con Mafalda, un personaje local con dimensiones globales, "capaz de expresar su malestar con el mismo ímpeto para desterrar la sopa y la guerra de la faz de la tierra".
Cuanta grandiosidad y diferencia humanitaria para los minúsculos personajes transpirando mal-carácter que vemos en estos días mezquinos de la política, de los gobiernos y de la sociedad - por casi todo lado: en las barrancas de Rio de la Plata o en las bandas brasileñas de América del Sur, sintetizados por figuras astutas, que rondan por salas y corredores de la política y del poder, ahora más tranquilos y sueltos, después que un nuevo surto de revuelta y gritería parece haber cesado, en el Planalto Central y el resto del país.
Lo que se ve en estos días es gente cada vez más distante de la pasión que transforma y de los sentimientos siempre críticos, pero generosos, de Mafalda. Estamos de nuevo más próximos de Macunaíma, el personaje pícaro, flojo y sin carácter del libro de Mario de Andrade, que ganó en la adaptación para el cine, por Joaquim Pedro de Andrade, la escena emblemática en que decenas de pobres retornantes sin fuerza y sin ganas son despejados en la entrada de una gran ciudad brasileña y el dueño del camión después de recibir el dinero por el transporte de la carga humana, avisa "Ahora es cada uno por lo suyo, y Dios en contra!".
Buen juego Brasil y Argentina para todos.
Terra Magazine