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En pocos segundos pasa a un costado del barco, una parte de su aceitoso y calloso cuerpo emerge como un submarino gigantesco que viene a saludarnos, y podemos ver a su cría bajo el agua.
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Guido Piotrkowski
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¡Sí!, hay ballenas en el sur de Brasil, y la paradisíaca Praia do Rosa, a poco más de una hora de Florianópolis, es el lugar indicado para acercarse a verlas. Son muchos los que se sorprenden al saber que la Ballena Franca Austral puede ser vista en el sur brasileño, pero por aquí, en las bellas costas del estado de Santa Catarina, el avistamiento de este gigante marino, que se acerca hasta aquí entre junio y noviembre proveniente de la Antártida para aparearse, reproducirse y amamantar en aguas un tanto más cálidas, ya no es novedad.
En busca de la ola perfecta
Enrique Litman, un argentino que ancló junto a su familia por estas playas dos décadas atrás, es el principal impulsor del avistamiento de ballenas en Praia do Rosa, actividad que viene realizando hace más de diez años y que se encuentra en constante crecimiento. Enrique cuenta su historia en la calidez del comedor de su posada Vida, Sol e Mar, sitio que alguna vez fuera un ingenio de mandioca, luego su casa, y hoy es el salón principal de este paradisíaco hospedaje con vista al mar. "En marzo del 68 viajé con unos amigos surfistas a Rio (de Janeiro). Como el viaje era muy largo y aun no existían carreteras, íbamos por la sierra y descansábamos cerca de aquí, en Imbituba, una playa ya conocida y a mitad de camino. Si había olas nos quedábamos surfeando, y si no, seguíamos viaje", relata Litman.
Cuando llegaron el mar estaba "gigante", y fue entonces que se encaminaron para Praia do Rosa, que es el primer lugar donde el mar se "ordena", es decir, dónde se puede entrar, porque cuando las olas son de tres o cuatro metros se hace imposible de otra manera. "Fue así que nos quedamos en el rancho de Dorvino Rosa, que era el dueño de toda la tierra y por el cual todo este lugar lleva este nombre", recuerda el pionero del avistamiento en estas playas.
Litman quedó fascinado con esta tierra virgen, pero recién pudo volver, varios años después, cuándo se casó, y finalmente compró dos de las cuatro hectáreas dónde hoy se encuentra la posada, que a su vez es sede del Instituto Baleia Franca y base de operaciones para la actividad que lo apasiona: la observación de ballenas. "Las descubrí el 17 de agosto del 88, cuando este lugar aún era mi casa", cuenta Enrique. "Estábamos tomando mate y mi mujer me dice: "¡Mirá, un maremoto!" Enseguida me di vuelta y apareció la cabeza de una ballena. Mas adelante, cuándo abrimos la posada, nos enteramos que había un proyecto de observación de ballenas en otro hospedaje, y fue ahí cuando comencé a interesarme por el tema. Pero incluso en Argentina aún no se sabía tanto como ahora".
El primer paseo "oficial" y los sucesivos se hicieron en camioneta, en 95. Llevaban a los turistas buscando el sitio exacto dónde estuvieran las ballenas, y así recorrían las playas vecinas como Ferrugem, Ibiraqueira, Ouvidor o Ribançeira. "Nos quedábamos viendo los movimientos desde la costa. Acá te subís a una duna y las ves a una distancia de entre unos 30 y 130 metros de la playa", señala.

Ese mismo año se realizó la Primer Semana de la Ballena en Praia do Rosa, y fue Peke Sosa, el principal impulsor de esta actividad en Península de Valdés, el sitio para el avistamiento por excelencia en la Patagonia Argentina, quien incentivó a Litman. Hoy en día, hasta los pescadores que antaño las cazaban para extraerle el aceite, entre otras cosas, están interesados en su preservación: saben que el turismo que llega atraído por esta incipiente actividad les traerá beneficios a ellos y sus familias. Aunque Litman aclara que "fue difícil convencerlos, porque en realidad esa es una responsabilidad del estado, y tuvo que ser hecha por una empresa". La prueba más fehaciente es Denis, capitán del barco que nos llevará, hijo de un pescador ballenero.
Al avistamiento
Abordamos la embarcación, especialmente diseñada para realizar la observación, en la playa de la vecina ciudad de Garopaba, a escasos 15 minutos de Praia do Rosa. Es media mañana y los pescadores están volviendo de su faena diaria con sus pequeños barcos repletos de corvinas, que irán a derecho a los grandes mercados de Florianópolis.

Previo al embarque, Mónica Pontalti, bióloga de la ONG Instituto Baleia Franca, que trabaja junto a la operadora Turismo Vida Sol e Mar, ofrece una charla introductoria acerca de esta especie, del trabajo que ellos realizan para su preservación e investigación, y de cómo debemos comportarnos dentro del barco para no asustar al mamífero en cuestión, si es que tenemos la suerte de ver algún ejemplar, dado que es el inicio de temporada y recién están llegando. El pico máximo de ballenas se da entre septiembre y noviembre, y se estima que llegan a estas costas entre 200 y 300 ejemplares, siendo los machos los más rezagados.
Una vez a bordo, con piloto y chaleco salvavidas reglamentario, Denis deja en claro quien manda arriba del barco y pone proa a la ilusión. A esta altura del año, el tropicalismo de Brasil deja de ser tal aquí en el litoral sur, y el frío y el viento se hacen sentir dentro del barco que comienza a balancearse mar adentro. El trayecto que en camioneta nos llevó 20 minutos demanda casi una hora de navegación a saltos, provocando inevitables mareos entre los pasajeros más sensibles. Pasamos frente a las playas de Ouvidor y Ferrugem hasta llegar a la costa de la Ribançeira, dónde finalmente divisamos, a lo lejos, un ejemplar.

Enrique y Mónica se encuentran en el barco, apostados en el techo para obtener una mejor visión, y son ellos quienes avisan que no está sola: ¡tiene una cría! Denis detiene el motor, y deja el barco a la deriva para comenzar la aproximación, así no hay riesgo de espantar a la ballena, mucho más celosa y sensible ya que se encuentra custodiando a su hijo.
La excitación que provoca el encuentro es realmente notoria, una de las pasajeras llegó a emocionarse hasta las lágrimas entre un clic y otro de su máquina fotográfica. El silencio es total, el barco no para de balancearse y se hace difícil acertar una buena foto. Aún lejos, alcanzamos a verla gracias al característico chorro de vapor y agua en forma de "V" que lanza desde sus espiráculos o respiradores dorsales, que pueden alcanzar cerca de 3 metros de altura.

Lentamente, nos vamos aproximando. Enrique comenta que aún no debe estar acostumbrada al "acercamiento". De todas maneras, entre un "estornudo" y otro avanza hacia nosotros, y de pronto la tenemos ahí, al lado, casi podemos tocarla. En pocos segundos pasa a un costado del barco, una parte de su aceitoso y calloso cuerpo emerge como un submarino gigantesco que viene a saludarnos, y podemos ver a su cría bajo el agua. Es realmente impresionante, el doble del tamaño del barco, y pese a ser un bicho enorme y estéticamente feo, genera una ternura inusitada.

Una especie en peligro
Las ballenas fueron cazadas durante siglos, desde la época de la colonia -de la que se tienen varios datos ya que los españoles y portugueses eran bastante minuciosos en sus diarios- hasta no hace mucho tiempo atrás, cuando el mundo abrió los ojos y comenzó a protegerlas, especialmente de los barcos japoneses que aun hoy e ilegalmente siguen cazándolas, dado que por aquellas tierras su carne es muy valiosa: los nipones la consideran un manjar.
Esta especie es una de las tantas que se encuentra actualmente en peligro de extinción, a pesar de que se registró un notable aumento de su población en los últimos años. Es por eso que es muy importante el trabajo que realizan ciertas ONG como el Instituto Baleia Franca (IBF) en Praia do Rosa, y otras entidades similares a nivel mundial, realizando tareas de protección, investigación y observación responsable, aportes que en general los gobiernos no hacen.
Algunas características sobresalientes de esta especie: las hembras son mayores que los machos y pueden llegar a medir hasta 17 metros, en tanto un macho alcanza los 14 metros máximo, una cría nace con 5 metros; un adulto pesa entre 40 y 100 toneladas y las crías nacen con unas 4 toneladas y engordan 50 kilos por día; se estima que viven entre 60 y 80 años aproximadamente. El color blanco de las singulares callosidades que este cetáceo presenta sobre su cabeza se debe a que allí se alojan diversos crustáceos y piojos marinos, y la disposición de las mismas es particular de cada ejemplar, algo así como una especie de huella digital que permite identificar a cada una por medio del método de foto-identificación.

La Ballena Franca Austral solo come krill, un alimento que se encuentra únicamente en las gélidas aguas de la Antártida y que va almacenando en forma de grasa, por lo tanto, durante el largo período en el que se encuentra fuera de aquel territorio -aproximadamente entre mayo, cuando comienza a migrar, hasta diciembre que retorna- no se alimenta pese a la intensa actividad que desarrolla en estas aguas.
Este no es un mamífero fácil de estudiar, dado que por su tamaño es imposible mantenerlo en cautiverio. Se presume, entre otras cosas, que la mayoría de los llamativos movimientos que realizan -saltos, aleteos o giros- tienen que ver con diversas formas de comunicación, demostración de territorialidad y hasta seducción. Los machos compiten con sus pares por aparearse, actividad que desarrollan a partir de los 8 años y que requiere de un gran esfuerzo físico. En tanto las hembras, que pueden llegar a copular con 5 machos diferentes, se dedican a procrear, amamantar a sus crías y enseñarles los movimientos esenciales para luego sobrevivir en altamar.
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