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AFP
Barack Obama y Hillary Clinton, los dos principales postulantes demócratas.
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Oscar Raúl Cardoso
Buenos Aires, Argentina
Más de 3.100 delegados para las próximas convenciones partidarias -demócrata y republicana- que elegirán sus candidatos a la Presidencia para las elecciones de noviembre. Veinticuatro estados en juego y una atención nacional dividida entre quienes se aseguran la conquista territorial y quienes puedan llevarse el número mayor de convencionales, frecuentemente asignados de acuerdo a reglas que se diferencian, de estado a estado, como el día de la noche. Los interrogantes sobre cómo se comportarán el voto femenino, el hispano y el afroamericano, indicadores ciertos de futuro en estas circunstancias. Y, además, quienes se llevarán la diadema de esta competencia, California, casi un país en sí mismo. Estos son los dilemas que se despejaron en el llamado "súper martes", el día más importante hasta el presente en la reñida puja electoral de Estados Unidos, hoy por hoy la nación que ejerce un liderazgo político, económico y militar global que carece de rivales de su misma dimensión, aunque esto esté cambiando aceleradamente.
Los demócratas presentan el mayor de los interrogantes -¿cómo se verán las candidaturas de Barack Obama y Hillary Clinton después que la última voluntad haya sido contada?-, mientras que los republicanos parecen tener un triunfador predeterminado, el senador John McCain, que sacó su aspiración presidencial -ya derrotada una vez antes- de lo que parecía un cono de fracaso y la transformó en una campaña dinámica.
Pero quizá lo más interesante de este "súper martes" electoral no sean los números y porcentajes que tanto atraen a los estadounidenses. Por lo pronto hace falta saber que si bien la jornada construirá fortuna política para algunos y dejará a otros poco menos que a la intemperie, no necesariamente definirá las candidaturas. El sistema indirecto de Estados Unidos hace que las cosas no sean tan sencillas.
Más prometedor -y posible- es que los resultados de este día revelen finalmente si los comicios nacionales de noviembre serán el resultado de una puja de ideas más que de personalidades. Hasta aquí -sobre todo tras ocho años de George W. Bush-, los demócratas no sólo están convencidos de que pueden regresar a la Casa Blanca, sino también de que pueden efectivamente desplazar la hegemonía de la derecha en el discurso político, un fenómeno que los abruma desde fines de los años 70 y con el que convivieron aun durante los ocho años de Bill Clinton en Washington.
Es interesante esta dimensión porque sugiere una suerte de confrontación mayor de dos modelos de organización nacional antagónica. El que en los 30 encarnó durante casi cuatro períodos presidenciales Franklin Delano Roosevelt y su "estado de bienestar" -años de activismo económico del Estado y de políticas sociales generosas- y el que, a partir de 1980, impuso Ronald Reagan con énfasis en la concentración económica en pocas manos -que debió traer "derrame" de riqueza sobre los sectores menos favorecidos, pero no lo trajo- y de reducción del rol estatal al de un observador pasivo con capacidad tan disminuida que algunas veces solo puede "comentar" las crisis nacionales.
A diferencia de las elecciones que el demócrata John Kerry perdió en 2004 a manos de Bush, que obtuvo entonces su segundo mandato, esta campaña ha estado más poblada de ideas y un tanto menos del atractivo potencial de los candidatos. Más aun, buena parte de las propuestas en discusión -la reforma del sistema nacional de salud para permitir una cobertura universal, la permanencia o no de los recortes impositivos que Bush aplicó en el comienzo de su primer mandato, etcétera- están teñidas de un activo populismo, categoría anatematizada por la derecha que, sin embargo, no logró bloquearla esta vez.
El aire de los tiempos retrotrae a otra fecha clave, el año 1992 en que Bill Clinton obtuvo el primero de sus mandatos. Como entonces, la principal economía del planeta coquetea hoy con la recesión, este presidente se ha vuelto -como su padre, George H. Bush, aquella vez- enormemente impopular y tampoco sabe cómo lidiar con los compromisos internacionales de seguridad en los que parece atrapado, notoriamente la hoy indeseada guerra en Irak. Algunos estrategas republicanos parecen contentos con el lugar menos preponderante que la opinión pública le asigna ahora a esa aventura, pero lo cierto es que también ha disminuido el asfixiante temor por la amenaza del terrorismo que George W. Bush utilizó eficientemente para instalar una política de miedo entre los votantes después del 11/S del 2001.
No, no conviene desatender los números. Pero la evolución de estos temas -sobre todo a partir de los resultados de este "súper martes"- dirá si esta es apenas otra elección más en Estados Unidos o bien un punto de inflexión mayor en la historia del país.
Terra Magazine