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Terrorismo y crisis alimentaria, una relación inquietante

AFP
Una mujer cosecha maíz en Zimbabwe: la reserva de granos del planeta es la más baja de los últimos 25 años.

Oscar Raúl Cardoso
Buenos Aires, Argentina

Luego de un largo período de olvido, un incidente de 1978 en Europa ha sido recordado recientemente por los medios de comunicación en el contexto de un alarmante diálogo sobre seguridad alimentaria global que se está gestando. Involucró a una docena de niños en Holanda y lo que entonces era Alemania Occidental que debieron ser hospitalizados de urgencia luego de consumir naranjas importadas desde Israel. Aunque el episodio no tuvo víctimas fatales, sí alcanzó una difusión desproporcionada una vez que la investigación probó que la fruta había sido deliberadamente contaminada con mercurio por un grupo que se identificaba a sí mismo como el Consejo Revolucionario Árabe (más tarde se lo ubicó como parte de la Organización Abu Nidal) en un intento por perjudicar el comercio exterior israelí.

El miedo que esparció el ataque no tuvo que ver tanto con su dimensión, sino con el hecho de tratarse de un atentado terrorista contra alimentos, algo extremadamente raro en los anales de esta clase de operaciones. El incidente no regresó a la conciencia por azar; fue más bien el reflejo de una nueva línea de análisis en la que están poniendo énfasis los servicios de inteligencia occidentales y que pretende anticipar la posibilidad de que estos ataques y otros similares se conviertan en un costado más del problema que presenta la alimentación global.

Los precios en esa área vital, la de los alimentos, han trepado hasta un 45% en los pasados dos años. Sólo en materia de granos, los expertos de la ONU calculan que este año las reservas de esos commodities serán las más bajas desde 1982. En Estados Unidos, uno de los grandes productores, algunos informes señalan que esas reservas han retrocedido ya a niveles de los años 60.

Una combinación de factores han llevado a esta situación. El aumento del barril de petróleo por encima de los 115 dólares y su impacto sobre el transporte; la mayor demanda de algunos productos como carnes y granos por parte de grandes mercados como China e India; la dedicación de crecientes partes de maíz y caña de azúcar a la producción de biocombustibles, entre otros muchos datos, son relevantes para entender que producción y distribución de alimentos están hoy comprometidas. Los precios de consumo se han disparado en una espiral ascendente que nadie sabe con precisión cómo detener.

Recientemente el Banco Mundial advirtió que no menos de una treintena de países está en riesgo de sufrir inestabilidad social por el descontento por la escasez y precio de la comida. En por lo menos un caso, Haití, esa inestabilidad se probó ya violenta y motivó la caída del gobierno del primer ministro Jacques-Edouard Alexis. Los mismos reflejos se notan ya en el África subsahariana. Y no sólo allí... Hace unas semanas el presidente de El Salvador, Elías Antonio Saca, preguntó en una reunión del Foro Económico Mundial: "¿Cuánto tiempo podremos aguantar esta situación? Esta tormenta escandalosa puede convertirse en un huracán no sólo sobre nuestras economías sino sobre la estabilidad de nuestros países", remató.

En este marco, no es extraño que los aparatos de inteligencia examinen la problemática con miras a descubrir potenciales debilidades de seguridad y también la tentación que hipotéticos blancos podrían tener para las organizaciones terroristas. El eco de este trabajo es lo que está llegando a la prensa con recuerdos como lo de lo sucedido en Holanda y Alemania.

La preocupación no es enteramente nueva. Ya en el 2005, la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos publicó, contra la mejor opinión del Gobierno, un informe elaborado por expertos de la Universidad de Stanford que listaba y analizaba las vulnerabilidades de la producción lechera nacional.

Así y todo, las ocurrencias concretas han sido pocas. En 1984 se registró en un pequeño pueblo de Oregon el único atentado de este tipo que resultó exitoso. Los miembros de una secta, Bhagwan Shree Rajneesh, lograron infectar la comida de una decena de restaurantes afectando a 751 personas.

Los ataques posibles, dicen los analistas, caerían en una de dos categorías: aquellos destinados a producir hambrunas o los que podrían buscar enfermar a sectores amplios de la población. Un caso de esta última clase se dio a comienzos de enero de 1994, cuando la secta Aum Shinrikyo intentó distribuir un agente patógeno a través del sistema de ventilación del subte de Tokio. Aunque el impacto de la acción fue grande, la agresión fue mucho menos exitosa, entre otras cosas porque es muy difícil obtener un agente que sobreviva suficiente tiempo sin mutar en algo menos nocivo y también es complicado lograr un sistema de difusión amplia.

Las dimensiones territoriales de los lugares de cultivo y de la red de distribución de alimentos suele, además, ser de grandes extensiones, lo que hace extremadamente complejo afectarlas si el objetivo fuese el de la hambruna. Aun así, un dato en particular podría hacer atractiva una acción contra la seguridad alimentaria, coinciden los expertos. Y aunque no pudiese producir un alto número de víctimas, cualquier riesgo a la alimentación toca uno de los nervios más sensibles en la opinión pública.

» Hable con Oscar Raúl Cardoso

Oscar Raúl Cardoso es un periodista argentino, columnista de internacionales del diario Clarín y de política de Telefé Noticias. Fue corresponsal durante las guerras civiles en América Central, la guerra del Golfo Pérsico, el colapso de la Unión Soviética y las guerras de desmembramiento de la ex Yugoslavia. Fue galardonado con el Premio Ortega y Gasset del Grupo Prisa.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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