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Quiero comprar Channel 4

Julián Gallo
Buenos Aires, Argentina

"Las respuestas a los problemas de la vida no están en el fondo de un vaso, sino en la televisión" Homero Simpson

El libro The Long Tail (2004), de Chris Anderson, está basado en una novedosa observación de los comportamientos de consumo en la era de Internet que puede apreciarse claramente en el gráfico de abajo. Allí un pico alto representa a las ventas principales de un catálogo, por ejemplo un catálogo de música o libros, donde el "top ten" es el pico, y luego puede verse una larga cola que se va achicando (the long tail) que representa a todas las otras ventas de pocas unidades que se diluyen hasta el horizonte.

Si, por ejemplo, el gráfico mostrara las ventas de discos compactos, en el pico más alto se concentrarían artistas como Madonna o U2 que venden millones de unidades de un disco, y en la larga cola aparecerían cientos de miles de discos de artistas que venden pocas unidades.

Desde el punto de vista de la venta masiva tradicional, cualquiera de los títulos de la larga cola es irrelevante; los que importan son los 40 principales. En el mundo predigital, con sus recursos físicos limitados (stock, escasa disponibilidad de ondas de radio, cables coaxiles estrechos para distribuir más canales de televisión), las superventas eran el núcleo excluyente de los negocios.

Pero afortunadamente Internet modificó para siempre esa situación, y vender pocas unidades de millones de títulos de discos o libros, o establecer radios o publicaciones online que consumen un puñado de fans, se está transformando también en un gran negocio.

La televisión paga

Debido a sus profundas limitaciones tecnológicas, la televisión por cable -o televisión paga- está basada en los mismos principios que rigieron a todos los mercados de venta por menor: la concentración en pocos canales que representan el gusto masivo o, directamente, la concentración en los canales que los operadores de cables establecen que representan el gusto masivo.

De una forma u otra, el menú de la televisión por cable termina siendo unos 50 o 60 canales en el servicio básico y alrededor de 10 canales más como servicio premium. Un pequeño abanico del gusto promedio, con un poco de noticias locales, otro de internacionales, series, películas, deportes y documentales. Esta capacidad de definir el menú les ha dado a los operadores de cable un poder inusual. Llamativamente, estamos más condicionados por las empresas que llevan cables hasta nuestras casas que por toda la industria mundial del entretenimiento. Es como si todo nuestro comportamiento de consumo estuviera determinado por los marineros de ultramar que transportan las cargas entre países.

En Argentina hubo recientemente un ejemplo penoso. Cablevisión, líder en cantidad de hogares, eliminó de su oferta a BBC y redujo a la mitad de sus horas a Discovery Travel and Living, entre otros cambios, sin dar ninguna explicación a sus usuarios. Simplemente retiró esos canales de la grilla y los reemplazó por otros. Así se comporta la televisión pre-Internet.

Quiero comprar BBC

En el siglo XXI y con un ancho de banda creciente esos mecanismos prepotentes de los operadores de cable descriptos más arriba seguramente sufrirán un cambio sustancial y a lo mejor, mortal. Sobre todo si pensamos que muchos usuarios estarán dispuestos a gastar la misma cantidad de dinero pero para consumir otra televisión.

Yo querría poder muy pronto comprar directamente la programación. Quiero, por ejemplo, pagar History Channel; estoy diciendo: pagarle directamente a History Channel y no a al interventor que tira cables hasta mi casa. Quiero comprar Discovery Kids, Nickelodeon y los cuatro canales de aire. Quiero ver un canal japonés -solo para curiosear- y pagar de buena gana por Channel 4 de Londres, BBC, Televisión Española, Film & Arts y tantos canales que ahora ni imagino que existen pero que descuento que me interesarán. Para que se entienda, vale la pena repetirlo: quiero pagarles directamente a los productores por su contenido e influir con mis decisiones. Que el operador solamente me cobre por la conectividad.

Hice un cálculo. Pago alrededor de 20 dólares por 60 canales. Si estimo que el operador se queda con la mitad, o sea 10 dólares, los 60 canales pueden recibir U$S 0,16, una sesenteava parte de 10 dólares. De esa manera, la programación de un canal recibe aproximadamente U$S 2 por año. Si pudiera contratarlos directamente, a esos precios puedo comprar mucha programación. Pero para que eso suceda toda la industria tiene que reinventarse, y no sólo en su tecnología, también en sus negocios.

Cuando vemos los precios de Channel 4 On Demand, por ejemplo, descubrimos que resultan ridículamente altos (¡ver un programa cuesta 1 libra esterlina!). Channel 4 tiene, claramente, una contradicción: utiliza tecnología del Siglo XXI para vender televisión como un minorista del Siglo XX. El canal está dirigido al pico de la larga cola.

Pero si las observaciones de Anderson son acertadas, tal vez Channel 4 podría ampliar su base de usuarios on demand al mundo entero y hacer un negocio mucho más grande en dinero y en influencia. Pero para eso deberá pretender cobrar unos pocos centavos. Millones de usuarios nuevos de los lugares más remotos del mundo, a los que jamás accederá Channel 4, estarán pagándole pocos centavos. Entonces sí empezaremos a comprar el contenido y no el acceso a los contenidos. Así los productores ganarán más y los operadores de cable se reducirán a lo que realmente son: apenas operadores de cables, electricistas.

Julián Gallo es un periodista argentino especializado en temas tecnológicos y es consultor de medios interactivos. Edita el exitoso blog Mirá!.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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