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AFP
Mauricio Pinilla, el acusado de haber llegado borracho a un entrenamiento de la selección chilena.
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Felipe Bianchi Leiton
Santiago, Chile
¿Para qué? ¿Qué necesidad hay de mentir? Blanco y Negro le regala entradas todas las semanas a la barra, le paga buena parte de los gastos originados por los viajes en busa regiones o en avion fuera de Chile, terceriza una relación comercial-publicitaria con los patrocinadores del club e incluso hay rumores -fundados, serios- de que les da dinero mensual por publicitar con lienzos, en el estadio, empresas que son propiedad ¡de los propios dirigentes del club!
Hace algunos años, cuando recién había nacido la Garra Blanca, el fallecido dirigente de Colo Colo Eduardo Menichetti (me consta porque estaba allí al momento de los hechos) contestaba una entrevista radiofónica diciendo que jamás, de modo alguno, habían ayudado económicamente a la barra. Incluso especificaba que no iban a ayudarlos para el viaje que debían realizar a Buenos Aires en las próximas horas. Todo esto ¡subido arriba del bus que partía llevando a la barra rumbo a Argentina!
Por años, la misma dirigencia alba, la de Menicchetti, Vergara y Dragicevic (creadora y sustentadora de la Garra Blanca) mantuvo cargos, sueldos y funciones institucionales a sus integrantes. Incluso una pequeña oficina al interior del estadio. Sin embargo, cada vez que había algún problema con la barra, salían a declarar públicamente que no tenían nada que ver con ellos. Increíble...
Aunque más increíble es que, pese a que cambiaron los tiempos, la institucionalidad es distinta, hoy se mantiene la misma lógica: ocultar el apoyo, ocultar la relación. Raro. Triste. Hasta ridículo. Tan ridículo como la otra conferencia de prensa dada por Colo Colo esta semana, en la cual el presidente Ruiz Tagle (otra vez) negó terminantemente que el club hubiera hecho una oferta por el Chupete Suazo al Monterrey para que el delantero volviera a Chile. "Es falso, completamente falso", declaró el líder de Blanco y Negro.
El problema es que los periodistas reportean, aquí y en México. Y no fue difícil conseguir ¿desde el interior de Blanco y Negro, de parte del jugador y desde el mismo Monterrey- la certificación absoluta de la oferta de los albos: ofrecieron 3 millones de dólares por Suazo. Incluso agregaron el pase de Gonzalo Jara. Los mexicanos dijeron que no (compraron a Suazo hace menos de dos meses en casi 5 millones de dólares), pero la duda quedó flotando en al aire: ¿para qué mentir tan descaradamente?
Digo: uno puede entender la compulsión directiva por no hacer públicas sus negociaciones. Es lógico. Pero hay formas de enfrentarse a la situación cuando uno es pillado in fraganti. Se puede, desde luego, no declarar nada. Mantener silencio. O dar algunas pistas sin contar el fondo del asunto. ¿Pero mentir? ¿Para qué? No es digno, no es elegante, no es necesario.
Tampoco fue muy elegante cuando Mauricio Pinilla anunció querella contra Chilevisión porque se dijo, tras un intenso reporteo, que había llegado a entrenar borracho, en la vispera del partido ante Brasil en las pasadas clasificatorias. Todos mintieron esa vez. Pinilla lo negó. El técnico Acosta lo negó casi llorando. El plantel. Los dirigentes. Pero con el tiempo, todos, absolutamente todos, lo ratificaron. David Pizarro no quiso volver más a la selección ¿y hasta el día de hoy no vuelve- justamente por dicho escándalo. Y Pinilla terminó sin jugar por más de seis meses e internado en una clínica de rehabilitación.
¿Podría haber sido más corto el proceso sin tanta mentira? Por supuesto. El problema es que nos hemos acostumbrado a mentir. Como en el Maracanazo, como en los pasaportes falsificados de Paysandú, como en las apuestas ilegales de Qatar, como en Dublín, como en Puerto Ordaz, como en Toronto...
Preferimos hacernos los tontos, no somos capaces de tomar medidas, le tenemos desconfianza a las sanciones y a los castigos (¿resabio de la dictadura?). Son demasiados los que hoy insisten en que hay que levantarle el castigo a Valdivia (el capitán borracho) sólo porque es bueno y "nos conviene tenerlo". Pésima señal.
También fueron demasiados los que prefirieron creerles su versión a los Sub 20 ("nosotros no hicimos nada y nos trataron pésimo"), antes de creerle a la policía de Toronto, cuando la versión chilena no tenía pies ni cabeza. De hecho, con el paso de los días ha ido quedando bastante claro lo que era evidente desde un comienzo: mucho más confiables que pinganillas como Gary Medel, Vidal y varios otros -que no se portaron muy bien ni en la cancha, ni en el hotel de Canadá, ni ahora cuando han vuelto a Chile- eran los policías canadienses. Obvio.
Ayer leía una revista Argentina -Noticias- donde un periodista deportivo decía que lo mejor del éxito de los Pumas en el pasado mundial de rugby era que, de alguna manera, le había enseñado a los argentinos que podían ser igual de exitosos respetando las reglas (como ocurre en el rugby) que rompiéndolas, como lo han hecho mil veces en el fútbol, desde la mano de Dios hasta la de Messi o el Burrito Ortega. Hasta los argentinos se pusieron autocríticos. ¿Y nosotros? Nada.
Discutiendo y dudando sobre lo merecido del castigo a Valdivia. Y haciendo conferencias de prensa para mentir descaradamente. Qué vergüenza. Malos, pasa. Pero malos y tramposos es mucho. Demasiado.
Terra Magazine
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