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AFP
El candidato por el Frente Cívico y Social, Hermes Binner, a punto de votar el 2 de septiembre en la elección que finalmente lo declaró gobernador de Rosario.
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Carlos Chacho Álvarez
Buenos Aires, Argentina
Es necesario, sin embargo, ser cautelosos respecto de visiones simplificadas que decretan la agonía de las grandes identidades políticas argentinas y de las estructuras que, mal o bien, pretenden sostenerlas. Esa perspectiva refundacional que alienta un voluntarismo extremo podría llevar a nuevos fracasos políticos. Por otro lado, no necesariamente las identidades que nuestro pueblo forjó en su agitada historia del último siglo deben ser obstáculos para las transformaciones sociales y políticas que están en marcha. La nueva etapa parece ser más bien una compleja articulación entre las referencias identitarias históricas y el surgimiento de nuevos liderazgos y reagrupamientos políticos. No es un dato menor que el triunfo de una coalición progresista en Santa Fe se haya gestado alrededor del más que centenario Partido Socialista: significa una combinación de viejas y buenas tradiciones con los nuevos perfiles políticos que se van desarrollando en el país.
Esa es la configuración real del campo progresista en la Argentina. Y en esa dirección la propuesta de una concentración plural que ha lanzado el gobierno puede alcanzar sus mejores frutos. En estos cuatro años se ha ido diseñando -no sólo en lo programático, sino ante todo en la práctica gubernamental- una nueva agenda de reformas en el país: es alrededor de esa agenda y no de la exaltación sectaria de tal o cual pertenencia política como puede nacer un nuevo sujeto político transformador en la Argentina.
Los temas de esa agenda están cada vez más claros: incluyen el fortalecimiento de la autonomía política del Estado frente a los actores privados externos e internos, la opción por el desarrollo productivo y la reindustrialización en lugar de la apuesta al impulso de modelos centrados en la especulación financiera, la decidida orientación a una mayor participación de los asalariados en la renta nacional y a una mejor distribución de la riqueza y el reforzamiento de las capacidades institucionales del Estado para sostener este rumbo de desarrollo productivo con inclusión social. No es una agenda esencialmente diferente que la que sostienen los partidos y fuerzas progresistas de la región y del mundo.
La idea de prescindir del aporte de la tradición popular del peronismo a la hora de encarar nuevas etapas de ese rumbo programática es claramente equivocada. Significaría estancar el pensamiento político progresista en las coordenadas largamente predominantes en nuestra historia de la lucha del peronismo contra el antiperonismo; un dilema que tuvo sentido en determinadas coyunturas históricas pero que no puede dar cuenta del país de comienzos de este siglo. De hecho, tanto la coalición que apoyó a Binner como la que respaldó a Juez integran en sus filas importantes sectores del peronismo junto a sectores provenientes de otras tradiciones.
Así también la fórmula nacional oficialista integra al peronismo con el radicalismo y en su interior se desarrolla también la presencia de nuevos actores colectivos que pertenecen al mundo de la centroizquierda y la izquierda democrática. Es imposible saber hoy cuáles serán las formas que tomarán en el futuro esos reagrupamientos. En cambio, sí podemos actuar para que la política argentina tenga ejes de diferenciación programática e ideológica que la revitalicen y la acerquen a los problemas del país real.
Hay lugar en el país para una derecha y una izquierda que compitan por posiciones de poder en forma civilizada y democrática. Los nuevos actores que encarnen esta puja no vendrán ni de laboratorios especializados ni de apelaciones nostálgicas a otras épocas políticas. Serán el fruto de la experiencia popular y de la capacidad de los líderes para interpretarla adecuadamente.
Terra Magazine