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AFP
Hugo Chávez (izq.) y Álvaro Uribe reciben honores militares en ocasión de su reunión de agosto en Bogotá.
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María Teresa Ronderos
Bogotá, Colombia
En la rueda de prensa conjunta que dieron los presidentes de Colombia, Alvaro Uribe, y de Venezuela, Hugo Chávez, el 31 de agosto pasado en las afueras de Bogotá, se anunció que Chávez sumaría sus oficios al esfuerzo por liberar al medio centenar de rehenes políticos en manos de las guerrillas de las FARC, pero lo que quedó en evidencia es la impresionante similitud de estilo entre ambos mandatarios, a pesar de sus distancias ideológicas. Los dos pregonaron que su inspiración deviene de los héroes de la independencia, como Bolivar, Páez y Santander, y revelaron una vez más que se sienten con una misión superior que la de un simple gobernante: parecen creer, de alguna manera, que están partiendo la historia de sus países en antes y después.
Parecían espontáneos, pero quienes los conocen saben que calculan fríamente hasta sus rabietas. Los dos son populistas a tal punto que hasta competencia hubo ese día para demostrar cuál había batido el récord en alocuciones televisadas. "Yo estuve el otro día en un Aló Presidente por más de ocho horas", dijo Chávez en alusión a su programa semanal que se emite en cadena a todo el país. "Yo batí ese máximo -respondió Uribe-, pues completé diez horas en un consejo comunitario" (que también se emite por TV todos los sábados, dure lo que dure).
Ambos citaron normas, estadísticas y datos, mostrando cómo controlan hasta el último detalle de lo que se decide, como si cada papel del Estado pasara por sus manos. Son microgerentes y buscan adhesión total de sus seguidores. Así, el mandatario colombiano se jacta de no leer la prensa, quizás para no enterarse de cuánto lo cuestionan, y el venezolano la emprende muy seguido contra la que le es crítica.
Ese 31 de agosto parecían identificados y felices. Uribe creyó ser más hábil que su vecino al ponerlo a mediar con las FARC en el caso de los secuestrados por razones políticas. Debió pensar que así atacaba tres problemas a la vez. Primero demostraría su aparente voluntad de resolver el problema al darle cabida a su contradictor político, Chávez, que además es visto en Colombia como supuesto amigo de las FARC (aunque no lo sea tanto en realidad: tienen en común el discurso bolivariano, pero las guerrillas colombianas se han distanciado bastante porque en la práctica esperaban más apoyo del mandatario venezolano). ¿Quién podría cuestionarle ahora a Uribe que no había hecho hasta lo imposible para conseguir la liberación de los secuestrados? ¿Y qué tal si además el plan le resultara de verdad?
Segundo, Uribe pensó que meter a Chávez en el baile aliviaría la alta tensión de las relaciones de Colombia con Venezuela, luego de la expulsión de dos diputados venezolanos por intervenir en la política local de un pequeño pueblo colombiano cercano a Barranquilla y del asesinato de miembros del Ejército colombiano en Venezuela. Según la revista colombiana Semana, la gente de inteligencia venezolana habría considerado a los colombianos como espias y habría participado de esa acción.
Tercero, el presidente colombiano debió calcular que neutralizaría así a Piedad Córdoba, una senadora de poco impacto en el país pero cuyas denuncias contra el gobierno estaban alienando aún más a los senadores democrátas estadounidenses, reacios a aprobar el Tratado de Libre Comercio con Colombia. Córdoba llegó incluso a pedir -en un foro público en México- que los países vecinos rompieran relaciones con Colombia por los supuestos nexos del presidente Uribe con el paramilitarismo.
Uribe subestimó la puerta que le estaba abriendo a Chávez, y ese 31 el presidente venezolano estaba aún más feliz que él. ¡Qué oportunidad para cautivar a la audiencia colombiana para su proyecto bolivariano! Le puso tanto entusiasmo al rol de mediador que le otorgó su colega colombiano que terminó tomando todo el escenario e incluso está invitando a nuevos actores: llamó al presidente boliviano Evo Morales a sumarse a la mediación, y ya estaba armando una reunión con el propio jefe de las FARC, Manuel Marulanda, cuando Uribe tuvo que salir con un lacónico comunicado leído por su Alto Comisionado de Paz que decía básicamente que no autorizaría dicha reunión (algo que ratificó ayer).
Ver a estos mandatarios de América Latina en sus tácticas de astucia y construcción de imagen en política exterior puede ser tan divertido como ver lucirse en el fútbol al Pibe Valderrama o a Diego Maradona. Pero improvisar en el tema del intercambio humanitario y hacer demagogia con la paz tiene otro precio. No es un juego intrascendente, como el de apostar cúal de los dos agobia a su pueblo por más tiempo en la TV con sus largos discursos, ni cuál se sabe de memoria más discursos de Bolívar. En Colombia cada promesa renueva la esperanza de los sufridos familiares de los secuestrados y del país entero, y cada paso en falso los hunde en otra desilusión. Y lo que es peor aún: pone a sus seres queridos un paso más lejos de su liberación.
Terra Magazine
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