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EFE
El alcalde electo de Bogotá, Samuel Moreno, se dirige a sus seguidores.
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María Teresa Ronderos
Bogotá, Colombia
Cuatro cosas estaban en juego en las elecciones colombianas de este domingo: el músculo de los partidos uribistas, la proyección futura de la izquierda unida bajo el Polo Democrático, el control de los gobiernos locales por el paramilitarismo y la calidad de las reglas de juego. Y, aunque todavía falta conocer los resultados finales en muchos de los más de mil municipios que tiene el país, ya se perfila con claridad cómo se dio la partida.
Una lectura numérica demostraría que al uribismo le fue bien pues sus diferentes partidos y coaliciones ganaron 17 de las 32 gobernaciones y 13 alcaldías de capitales de departamentos. Pero una mirada más estratégica revela una derrota considerable. Perdieron varios grandes centros urbanos clave: Bogotá, Medellín, Cali y Cartagena. Y si bien ganaron la alcaldía de Barranquilla porque prácticamente no tenían rival, en el departamento correspondiente, Atlántico, una alianza del liberalismo y el Polo derrotó a un connotado barón electoral, José Name, que gozaba del apoyo de los gobiernistas. Además fue una derrota moral. Pues rompiendo la neutralidad tradicional, el presidente Uribe salió a pedirles a los bogotanos que no votaran por la izquierda. Esa intervención rebotó como bumerang y para el candidato que apoyaba el uribismo, el ex alcalde Enrique Peñalosa que también hizo en su momento una gran gestión, resultó un abrazo mortal.
Acostumbrado a ratificar su popularidad cada vez que la pone a prueba, los golpes de opinión en los principales centros urbanos del país debieron causarle al Presidente una resaca moral tal, que ni siquiera salió a dar parte de tranquilidad como es la costumbre al final de un certamen electoral sin demasiados incidentes violentos.
Lo contrario pasó con el Polo. Los números no lo favorecen demasiado: dos alcaldías importantes, Cartagena (en coalición) y Bogotá y tres gobernaciones: Atlántico y Santander (en coalición) y Nariño. Sin embargo, en términos de posicionamiento y consolidación para el futuro, sin duda triunfó. Aumentaron el número de alcaldías de ciudades más pequeñas de 16 a 20 y cuadruplicaron sus concejales. La ciudadanía premió su gobierno de Bogotá de los últimos cuatro años, eligiendo a Samuel Moreno. Esto no sólo catapulta al actual Alcalde Luis Eduardo Garzón a la Presidencia para el 2010, sino que, al tener el segundo gobierno más importante del país, cuenta con una base sólida para consolidar el partido nacionalmente.
Es cierto que se pudo haber equivocado al no apoyar dos figuras potencialmente ganadoras y afines a sus ideas en Medellín, Alonso Salazar, y en Cali, Jorge Iván Ospina, pero de todos modos serán gobiernos más cercanos a su proyecto político nacional que si hubiesen ganado los uribistas. Una de sus figuras históricas, Antonio Navarro, ex senador y ex presidente de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, salió elegido gobernador de Nariño. Si bien este triunfo se esperaba, esta es una región caliente, de grandes disputas entre guerrillas y paramilitares aceitadas por el narcotráfico, y un gobierno exitoso allí, puede dotar al Polo de un modelo viable de paz para el país.
El paramilitarismo o sus aliados políticos sufrieron derrotas considerables. Tenía a Santander, departamento que alberga la quinta ciudad de Colombia, Bucaramanga, bajo su control y lo perdió pues allí ganó el ex candidato presidencial liberal Horacio Serpa. Influía sobre Cartagena y su departamento Bolívar de la mano de la tenebrosa empresaria del chance apodada La Gata, pero los cartageneros se rebelaron y escogieron a una candidata cívica, Judith Pinedo, del movimiento Mariamulata. También manejaban hilos en Cesar, el departamento carbonífero de la Costa Caribe, pero ahora salió elegido como gobernador Cristian Moreno, el candidato a quienes los paras había prohibido participar en 2003.
Sin embargo su influencia sigue intacta en otros lugares: en Magdalena, otro departamento del Caribe, los candidatos de políticos presos por nexos con el paramilitarismo se alzaron con la gobernación. En muchas otras regiones menos pobladas hacia los llanos del oriente y las selvas del sur, donde las actividades del tráfico de drogas rigen la economía, emergieron ganadores varios candidatos de los partidos que tienen a sus dirigentes en la cárcel acusados de complicidad con la parapolítica. El caso de la gobernación del Valle, la tercera más importante del país, merece capítulo aparte. Al ganador, Juan Carlos Abadía, lo cubre una sombra de rumores de posibles nexos clandestinos con dineros del narcotráfico.
Por último, en estas elecciones pesaron las múltiples alianzas cívicas de observación electoral, los esfuerzos pedagógicos de voto limpio y el hecho de que hubiese un gerente de las elecciones (Registrador) independiente por primera vez nombrado por las Cortes y no por los partidos. De ahí que, según observadores de la Costa Caribe, por ejemplo, percibieran un mayor control de las autoridades para evitar la compra de votos y otros delitos electorales, y quizás también, hubieran podido ganar movimientos cívicos en varios lugares porque el fraude se minimizó. No cambiaron, por supuesto, costumbres atávicas colombianas como la abstención electoral que si bien bajó algo en Bogotá , en Barranquilla sobrepasó el 56 por ciento.
En suma las elecciones demostraron la brecha de las dos colombias: la progresista, de ciudadanos sofisticados que premian buenos gobiernos como el de Fajardo en Medellín o el de Lucho en Bogotá o se movilizan para manifestarse contra la corrupción abierta como en Cartagena. Y la otra, la Colombia profunda y atrasada, del voto amarrado de clientelas, donde se pasea la pobreza y el poder mafioso sigue ahí inconmovible.
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