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"Las FARC pueden extender el conflicto por muchos años"

AFP
Una de las últimas imágenes de Raúl Reyes (izq.), número dos de las FARC muerto por el ejército colombiano en territorio de Ecuador el 1 de marzo de 2008. La foto fue tomada durante febrero.

María Teresa Ronderos
Bogotá, Colombia

El 1 de marzo pasado un comando de las Fuerzas Armadas colombianas atacó un campamento de las FARC en territorio ecuatoriano y mató a Raúl Reyes, miembro del órgano de conducción de la organización guerrillera llamado Secretariado, principal agente de relaciones internacionales y negociador del intercambio humanitario. Unos días después cayó Iván Ríos, comandante militar de una estructura principal de las FARC y el más joven miembro del Secretariado, asesinado por un subalterno que lo traicionó mientras dormía a cambio de una jugosa recompensa. Para cobrarla, le cortó la mano a Ríos y la entregó al Ejército.

Después de estos dos golpes contundentes, el primero escandaloso por la crisis regional que desató y el segundo polémico por las circunstancias, la confusión y desinformación propagandística nubló el entendimiento nacional. Hoy media Colombia está convencida de que el fin de las FARC está cerca y la otra mitad por lo menos piensa que es el comienzo del fin.

¿Cuál es la real situación de las FARC? Difícil saberlo, y más cuando esta guerrilla se ha encerrado en un mutismo estratégico para evitar que la inteligencia estatal detecte a sus cuadros. Sin embargo, cruzando diversas fuentes oficiales y académicas, e incluso por los mismos reportes de la guerrilla se pueden proyectar algunas cifras aproximadas, por lo menos en el campo militar.

En 2002, antes de que llegara al poder Alvaro Uribe, se les calculaban a las FARC entre 18 y 20 mil hombres en armas. Hoy esa fuerza se ha reducido a unos 11 mil. Pero no sólo han disminuido sus tropas, por los muertos que les ha causado el ejército colombiano y por las deserciones, sino que también se han mermado sus estructuras básicas de combate: de 72 frentes activos (un frente es un cuerpo que se sitúa en una región y cuenta con unos 150 hombres) que tenían en 2002, cinco fueron totalmente desmantelados por operaciones militares y 35 han sido diezmados. Les quedan 32 frentes activos y combatiendo, algunos de éstos muy numerosos, con más de 200 hombres.

Además de estas células más estables, las FARC tienen unas estructuras móviles, en constante movimiento, golpeando y retrocediendo, que según su tamaño se dividen en columnas (más grandes) y compañías (más chicas). Éstas están adscritas a alguna de las 7 grandes divisiones de las FARC, conocidas como Bloques o Comandos Conjuntos. Las columnas móviles siguen siendo más o menos unas 15 a 16. Perdieron unas, pero formaron otras nuevas. Antes tenían unas 20 compañías y ahora tienen unas 13.

Con la flexibilidad y adaptabilidad que las ha caracterizado en sus 44 años de existencia, la FARC también han desarrollado otras estructuras móviles y descentralizadas para resistir la larga y costosa ofensiva militar con que el gobierno de Uribe lleva enfrentándolas en los últimos seis años. Han creado un Bloque móvil y desarrollaron también la posibilidad de formar "comandos conjuntos de área" o "interfrentes", unas estructuras que se arman con frentes y columnas móviles en caliente para desarrollar una operación o enfrentar una ofensiva de las Fuerzas Armadas. En suma, las FARC sí han recibido golpes militares en número y en estructura, pero aún tienen un pie de fuerza lo suficientemente grande y flexible para resistir quién sabe por cuánto tiempo.

Las pérdidas en su órgano rector, el Secretariado, nunca antes vistas (los dos miembros que perdieron anteriormente fallecieron de muerte natural), son considerables. Reyes tenía un papel crucial en todos los negocios y negociaciones internacionales de las FARC, desde el contrabando de armas hasta las conversaciones con Francia o Caracas para liberar a los secuestrados. Sin él, las FARC se quedan sin un zorro diplomático con años acumulados de experiencia y contactos en todo el mundo. El otro cuadro importante eliminado, Iván Ríos, comandaba un bloque en una zona geográficamente muy quebrada; por ello será un mando difícil de reemplazar. Pocos con nivel de mando dominan esa zona del país.

No obstante, los muertos fueron rápidamente reemplazados por nuevas figuras en el Secretariado. Además, tienen reserva de liderazgo para rato: el cuerpo colegiado de las FARC, el Estado Mayor Central, con 32 miembros, está prácticamente intacto, pues el gobierno sólo ha logrado causarles allí pocas bajas. Perdieron zonas estratégicas y cierto arraigo urbano que habían empezado a construir, y también se quedaron sin el área rural alrededor de Bogotá, de donde fueron expulsados definitivamente por la acción del Estado.

En pocas zonas han crecido, básicamente sólo allí a donde crecen los cultivos de coca y las ganancias del negocio ilegal aumentan. En el suroccidente colombiano, a donde fueron a dar los cultivos ilícitos después de las fumigaciones aéreas de los últimos dos gobiernos colombianos en el sur y el suroriente, las FARC han ampliado sus estructuras móviles y sacan buenas utilidades para su operación militar.

En lo político han perdido prácticamente la guerra en Colombia. Tienen muy escaso arraigo popular -quizás solamente donde sus militantes tienen a las familias-. Más bien al contrario, las FARC lograron hastiar el país con sus acciones crueles, con la modalidad con la que han impuesto su arbitraria ley sobre poblaciones muy pobres, con sus secuestros extorsivos a cualquiera, aún a quienes nada tenían. La marcha del pasado 4 de febrero, con más de 2 millones de colombianos de todo el país que se manifestaron contra sus atrocidades lo reflejó de manera dramática. La popularidad de Uribe, el anti-FARC por excelencia, con más del 84% de favorabilidad en las últimas encuestas- es otra forma de medir el fracaso político de las guerrillas colombianas.

El panorama no es, sin embargo, el mismo en el exterior. En el terreno fértil de la nueva ola de gobiernos de izquierda en América Latina, las FARC han cosechado triunfos. El último, y más dramático, fue conseguir la solidaridad pública de Hugo Chávez en Venezuela luego de la muerte de Reyes. Y también haber sido el factor de disputa entre Colombia y Ecuador. En la cumbre de cancilleres de la OEA de hace apenas un par de semanas, sólo Colombia y el Tío Sam quisieron llamar a las FARC "terroristas". El consenso que se impuso fue el de llamarlas "grupos irregulares".

Tener a Ingrid Betancourt como rehén también les ha dado una palanca considerable frente Francia, ya que la ex candidata presidencial es ciudadana francesa. Pero estas cosechas políticas, recogidas con la angustia colectiva que causa el deplorable estado en que se encuentran sus secuestrados en la selva, son muy frágiles. Si Ingrid u algún otro cautivo fallece, esa suerte de "apertura política" internacional se les puede volver como un boomerang. La inhumanidad de dejarlos morir antes que devolverlos a sus hogares es indefendible.

Aún así, prácticamente agonizantes en lo político y golpeadas en lo militar, las FARC tienen aún capacidad de extender el conflicto interno colombiano por muchos años. El narcotráfico les brinda un apreciable flujo de caja, tienen a la mano una rica fuente de campesinos pobres para reclutar y se mueven en ese medio territorio colombiano que aún tiene un Estado muy incipiente y tantas veces debilitado por la corrupción. La reciente propaganda oficial que anuncia que el fin se acerca nubla la vista. Pero, para infortunio de los colombianos, no cambia la realidad.

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María Teresa Ronderos es asesora editorial de la revista Semana, presidente de la Fundación para la Libertad de Prensa y maestra de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es autora de los libros Punch, una experiencia en televisión, (1992), Retratos del poder (2002), coautora de Como hacer periodismo (2002), y Poder y medios (2004).

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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