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M. Night Shyamalan es un director inteligente y de estilo propio

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El fin de los tiempos. La simplicidad de las situaciones también ampara una estética minimalista, de película clase B de bajo presupuesto.

Roberto de Sousa Causo
San Pablo; Brasil

El fin de los tiempos (The Happening), dirigida, escrita y producida por M. Night Shyamalan, 20th Century Fox. EUA/India, 91 minutos. Música de James Newton Howard. Con Mark Wahlberg, Zooey Deschanel, John Leguizamo, Ashlyn Sanchez y Betty Buckley.

El tema de la reacción de la naturaleza (contra el ser humano, evidentemente) ocupa una posición algo marginal dentro de la ciencia ficción escrita.

En el cine y la televisión los ejemplos son probablemente más comunes, y los cinéfilos deben recordar Los pájaros (The Birds) (1963), de Alfred Hitchcock, película con la que se ha comparado El fin de los tiempos.

M. Night Shyamalan es un director inteligente y de estilo propio, que hizo mucho por el horror sobrenatural y por la ciencia ficción en el cine, pero que viene padeciendo en su todavía corta carrera la presión de los estudios, del público e incluso de sectores de la crítica, para repetir éxitos y estrategias narrativas.

¿Cuántas veces se puede crear un final sorpresa como el de El sexto sentido (The Sixth Sense) (1999) que obliga al espectador a reformular mentalmente todo lo que había visto hasta ese momento? Es un gran truco, pero ¿no tiene derecho el director a probar otros? Por lo visto no, si quiere trabajar con grandes estudios.

No obstante, El fin de los tiempos parece ser la película que puede salvar la carrera de Shyamalan y su relación con Hollywood, después del "fracaso" de su producción anterior, La dama en el agua (Lady in the Water) (2006), una fantasía contemporánea que posiblemente sea uno de sus mejores trabajos, pero que no recaudó tanto como le hubiera gustado a los ejecutivos de la industria.

Shyamalan nació en la India pero creció y estudió en Filadelfia. El fin de los tiempos, como la mayoría de sus películas, está ambientada en Nueva Inglaterra, donde hace eclosión un fenómeno aterrador, comenzando en el Central Park de Nueva York: después de un período de confusión mental y desorientación, personas de los más diferentes orígenes y en distintas situaciones comienzan a cometer extraños suicidios. La primera hipótesis es que se trata de un ataque terrorista, utilizando, quién sabe, armas químicas o biológicas.

La ciudad es evacuada, y entre los refugiados están el profesor de biología Elliot Moore (Mark Wahlberg), su esposa Alma (Zooey Deschanel), su colega Julian (John Leguizamo) y la hija de Julian, Jess (Ashlyn Sanchez). Los cuatro huyen en tren, mientras la esposa de Julian acaba perdiendo a su marido y parte hacia Princeton en ómnibus.

A lo largo del camino los amigos terminan separándose. Julian busca alcanzar a su mujer, dejando a Jess con Elliot y Alma. La pareja y la niña pronto se convierten en el foco central de la película, a medida que se van aislando de grupos mayores, cada uno de ellos atacados por el extraño fenómeno que lleva a la autodestrucción.

La hipótesis del ataque terrorista se va desvaneciendo, substituida por la idea de algún extraño e inédito fenómeno natural. Los tres personajes se refugian en la zona rural de Nueva Inglaterra, donde ven cómo mueren sus acompañantes a causa del fenómeno, pero también encuentran personas muy asustadas y con fácil acceso a las armas de fuego.

En estas situaciones violentas Shyamalan no tiene piedad, como tampoco en las escenas iniciales de suicidios colectivos. Aunque haya un cierto énfasis en estas situaciones urbanas de lo que podríamos llamar un caos social, la película subraya la colaboración y la solidaridad, e indirectamente, el aislamiento y la soledad.

Esta cualidad explícita lógicamente ampara el esfuerzo bien logrado de Shyamalan de crear suspenso y miedo con situaciones muy sutiles: el soplo del viento, la fuga de un enemigo invisible, el deambular por una casa antigua, como en Señales (Signs) (2002). El espectador ya vio lo que le puede pasar a los héroes, y pierde el aliento cada vez que imagina que sufrirán el mismo destino. La simplicidad de las situaciones también ampara una estética minimalista, de película B de bajo presupuesto.

En esa casa antigua, propiedad de una mujer demente (Betty Buckley) que vive sola, sin contacto con el mundo exterior (como en La aldea (The Village) (2004), es donde tienen lugar las secuencias finales y viene la esperada resolución de los dilemas personales de los protagonistas, que dejan de lado la situación principal que encierra el fenómeno.

Es un enfoque particularmente curioso e interesante, pues mientras El fin de los tiempos está armado como una película de suspenso "antiguo", que estaría perfectamente bien instalada en los años 60 ó 70, no apela al héroe alto de rostro con rasgos duros, o a la heroína curvilínea y angustiada: el drama de Elliot y Alma es chiquito, es el tipo de duda en cuanto al compromiso pleno que alcanza a tantas parejas en algún momento de su vida conyugal.

Es como si Shyamalan jugara con el elemento "mítico", la transformación personal de los héroes, que es casi siempre obligatorio en Hollywood. La novata Deschanel de mirada esquiva y el vanidoso Wahlberg (que es oriundo de Nueva Inglaterra) están muy bien como el matrimonio que confronta la trivialidad de sus vidas con el holocausto que les toca enfrentar.

A lo largo de la película hay varios intentos de establecer un discurso científico (parte de ellos bajo la forma de declaraciones de especialistas en la televisión) para explicar el fenómeno, o mejor dicho, sugerir una explicación. Apuntan hacia algo como la reacción de la naturaleza descripta en la novela El cardumen (Der Schwarm), de Frank Schatzing, best-seller en Alemania. Sin embargo, las películas de Shyamalan no privilegian las ideas científicas y éste, aunque sea de ciencia ficción, no es la excepción. Por el contrario, comunica una sensación de presencia mística o sobrenatural.

No posee la intriga científica ni los elementos normales de la ciencia ficción, ni siquiera los aspectos sobrenaturales, que son centrales en sus películas, sino las circunstancias a veces sutiles, a veces elementales de la trama, enfatizando la naturaleza narrativa de la realidad. Es decir, cuál es la visión en nuestro vínculo con el mundo, de las relaciones causales y tangenciales con los hechos y las cosas. En este sentido, Shyamalan es bastante posmodernista y demuestra que La dama en el agua sigue siendo la expresión más central de la filmografía de este director, a pesar de ser la que más se consideró "un fracaso" entre sus películas.

Tal vez los críticos no aprecien a Shyamalan porque sus exploraciones son sofisticadas pero aplicadas a géneros que, bajo la mirada de estos críticos, son menores y están relegadas al campo del entretenimiento rápido y superficial. Los críticos a veces tienen los mismos prejuicios que los ejecutivos de Hollywood, o los adolescentes que llenan las salas cinematográficas durante las vacaciones.

De cualquier forma, El fin de los tiempos debe agradar a los espectadores, y es un hecho que en algunos lugares del mundo ya superó en taquilla a algunas películas importantes de la temporada. La música extraordinaria de James Newton Howard subraya el clima de homenaje a las películas antiguas, y la dirección de Shyamalan le otorga la dosis de miedo esperable de una buena película B de ciencia ficción y suspenso.

Roberto de Sousa Causo es escritor y crítico. Es autor de la novela A Corrida do Rinoceronte.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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