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Wikimedia/Gentileza
Marlene Olivari, una de las figuras que se verá descarnadamente expuesta gracias a la TV digital.
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Ximena Torres Cautivo
Santiago, Chile
Luego de estas disquisiciones, los comentaristas radiales recuperan el norte y vuelven a la discusión original: ¿será la norma estadounidense, la europea, la japonesa la que se imponga? ¿Se votará en función de la calidad de imagen, de la apertura a más actores en el mercado, de la compatibilidad con la telefonía móvil, que son respectivamente las virtudes que distinguen a las tres normas en disputa? ¿Cuál de los intensivísimos lobbys será el que dé frutos y determine el destino de la industria televisiva nacional?
Cuando el ex ministro de Transportes Sergio Espejo salió trasquilado y vapuleado de la cartera, literalmente atropellado por el Transantiago, dicen que la presidenta Bachelet ya tenía su decisión tomada: quería privilegiar la abundancia de oferta, terminar con el reinado de los grandes y su voto era por la norma técnica europea. Pero llegó el ministro Córtazar, hombre con kilos de televisión en el cuerpo (tras pantalla, claro) y dijo que él no podía estampar su firma en algo que no había estudiado y la decisión se postergó hasta ahora.
Dado el ya comentado intenso lobby que el tema ha suscitado, lo que se afirma por los pasillos del poder es que los japoneses estarían muy bien encaminados, sobre todo porque han recibido el apoyo del gobierno de Lula. Los brasileños ya optaron por el modelo nipón, aunque con adaptaciones tecnológicas propias, cuestión que tiene sentido en un país de casi 190 millones de habitantes, pero en este pequeño rincón del fin del mundo la "customización" no aplica. Hay que comprar tal cual, por eso lo que se resuelva resulta todavía más crucial.
Esto, sin embargo, no ha impedido que los acalorados chilenos andemos a empujones por los malls, viendo cuál plasma o pantalla LCD comprar para que los regalones se solacen esta Navidad, con lo que todos suponen será el debut de la maravillosa TV digital. Falsa expectativa, porque leyendo un poquito queda claro que habrá que esperar varios años para que se produzca la transición de la televisión análoga a la nítida y cruel imagen digitalizada que dejará en evidencia hasta el más mínimo defecto en pantalla. Los estudios de TV deben adecuarse a la tecnología, lo mismo que las salas de dirección, las cámaras, las maquilladoras, los escenógrafos y los tramoyas. Hoy un porcentaje ínfimo de lo que se produce y de lo que se exhibe es digital, así es que aún tenemos "rostros" antiguos, ciudadanos.
Pero aunque a vieja patria televisiva no sea descartada de un día para otro, mi gran temor es que la galopante locura que ataca a la mayoría de las mujeres que hacen de la pantalla chica su espacio de trabajo alcance niveles delirantes, dada esta nueva presión, directamente apuntada a la calidad del envase. Me veo venir la explosión de abdominoplastías, rinoplastías, láserliposis, corcheteos de tripas, inyecciones de colágeno, pinchazos con bótox, hilos rusos, y nada de la sabia resina... Resina-ción ante el natural deterioro que impone el paso del tiempo.
En estas últimas décadas del desarrollo televisivo local todos hemos sido testigos de cómo el crecimiento de una diva en pantalla es directamente proporcional a su descalabro. Casos extremos, como el de Pilar Cox, Paulina Nin y Marlén Olivari ilustran el asunto. Pero ahí están también locuras más sutiles: la de Tonka, tan buena ella, trenzada en abierta disputa con la Raquel Argandoña enchulada, con los ojos más abiertos que nunca, más cintura de la que jamás soñó llegar a tener y tan habilidosa como siempre.
La pelea, a la que los medios le hemos sacado el jugo (partiendo por el propio director de Buenos Días a Todos, el programa-ring de la disputa), da cuenta de que las mujeres difícilmente logran mantenerse incólumes al efecto del cotilleo propio del medio. A la inseguridad que significa estar rodeada de potenciales reemplazantes. Al tormento que implica ser centro de mesa las 24 horas del día incluso a contrapelo. A la angustia de que cualquier iñora fea le espete en un lugar público: "Ay, qué flaquita que es!" o "¡En la tele se ve más alta!", o cualquier lindura por el estilo.
Los hombres, en cambio, tal como tienen más permiso para arrugarse o para ser feos, guatones o viejos incluso en pantalla, son menos dados a agarrar papa con el cahuín y las presiones propias del showbusiness televisivo. Así es que probablemente la alta fidelidad de la imagen que trae aparejada la TV digital no les hará mella y podremos sumergirnos en los rastros de espinillas que exhibe un rostro como Mauricio Israel y enternecernos con los mofletes de un Schiappacasse sin que a ninguno de ellos el tema los complique en lo más mínimo.
El quid del asunto son ellas: qué hará Marlén si le toca algo de esa pantalla, ¿ponerse?, ¿sacarse? ¿Cómo procederá Raquel para su sexuagésimo cumpleaños si aún está en el 13? ¿Cómo evolucionará la relación entre las hermanas Bolocco, dado el éxito de la menor en desmedro de la mayor?
Terra Magazine