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Ronaldo quiso rescatar su condición humana cansado de ser un dios

AFP
Casi todas las publicaciones sensacionalistas brasileñas del 29 de abril comentaban exclusivamente el incidente de Ronaldo con Andreia Albertine.

José Pedro Goulart
San Pablo, Brasil

En fútbol, Nike tiene tanto poder para los hinchas como El Vaticano para los católicos. No elige, canoniza. Cada dribbling, una beatificación; cada gol, una santificación. ¿Imagina si usted gana una Copa del Mundo? ¿Y dos? Piense si usted fuera escogido tres veces el Jugador del Año. Fotos gigantescas cubrirán las ciudades del mundo con su imagen. Madrid, París, Roma, Londres. Suspendido sobre todo y todos, usted.

Frente a imágenes así, sobran los mortales. Los devotos. Los fanáticos. Los que llenan los estadios los domingos como si fueran templos. La misa es el juego, el padre es el juez. En esos templos los jugadores se bendicen, oran, elevan los brazos a los cielos. El acto se propaga en las calles, toma cuenta de las ciudades. Las camisetas con sus escudos, colores, recuerdan a las Cruzadas religiosas. En caso de enfrentamiento habrá lucha, guerra, sangre: no hay acuerdos en cuestiones de fe.

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Ronaldo Nazário probó esto con el respeto dado a los dioses. Probó el amor y el odio de las hinchadas (y aquí odio es una forma de amor). Adonde fuera, Ronaldo vio estirarse una alfombra para separar sus pies sagrados del suelo de los mortales. Y el crack probó de todo lo que le fue ofrecido sin detenerse ante nada. Probó, abusó, se ensució.

Divinizado, el jugador protagonizó romances celestiales; mujeres lindísimas, amplias emociones, pero bodas imperfectas: es que los dioses, como bien sabemos a partir de la mitología griega, no se llevan bien en la comunión con los humanos. ¿Y las sucesivas lesiones? ¿Serían ellas muestras de humanidad? Pues, son las rodillas de Aquiles. "Fenómeno", no menos que eso, y ¿quién sino un dios puede ser llamado así?

Pero, finalmente, ¿ser un dios es bueno? Tal vez. Pero tal vez Ronaldo haya comenzado a poner eso en duda. Es la tentación de la normalidad, del prosaico, del simple, del guisito con farofa. Es la vocación humana de buscar sentido donde no lo hay. Es también el tedio, el hastío, la tristeza profunda.

Y fue así, delante de un hombre que no era hombre -como si el otro fuese un fantasma que lo vaya a sorprender- que Ronaldo intentó rescatar la condición humana que había perdido. El sexo vulgar lo haría nuevamente lo que era. Lo que somos. Vulgarmente humanos.

Después, vinieron las disculpas, las explicaciones, los desmentidos. Pero ahora es tarde, la manzana fue mordida. Nunca más el paraíso. Nunca más. Nunca más.

José Pedro Goulart es periodista, cineasta y director de filmes publicitarios.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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