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La guerra de la educación en Chile se libra en varios frentes

AFP
Estudiantes de nivel secundario y universitario se enfrentaron con la policía durante la jornada de protesta de ayer jueves, en Santiago de Chile.

Juan Guillermo Tejeda
Santiago, Chile

La educación en Chile tiene algunas características difíciles de negar. Es profundamente clasista e inequitativa, favoreciendo más a los que tienen más y menos a los que tienen menos. Su calidad es muy baja si la sometemos a indicadores internacionales. Ampara a negociantes oportunistas que nada tienen que ver con la educación. Promueve escandalosamente el adoctrinamiento religioso de los niños con apoyo de fondos públicos. Además, siguiendo tendencias de políticos o sociólogos, se la ve como una herramienta para surgir en la escala social, desviándola de su fin natural que es el de formar personas integrales. Nuestros colegios y universidades no fomentan la integración, sino la discriminación y segmentación de la sociedad. La educación chilena es una de las más privatizadas del mundo, una de las menos reguladas.

Con todo, es preciso dejar establecido que en Chile no existe analfabetismo, que todos los niños tienen educación, y que a la universidad y demás instituciones de educación superior llega casi la mitad de la población juvenil en edad de hacerlo, lo que es una cifra muy alta según estándares internacionales.

La batalla de la educación es, además, una operación confusa sobre la cual cuesta formarse opinión, ya que concurren a ella cuatro huestes o bandos.

Están por una parte los herederos de la dictadura, amigos del lucro, de la opacidad, del desvío subrepticio de fondos públicos para hacer negocios, y que, en todo caso, apuestan por una educación autoritaria, elitista, donde los valores ciudadanos no tienen vigencia alguna.

En la trinchera más lejana a éstos están los revolucionarios que lo piden todo, y que estarán siempre en la calle, en la protesta, en la toma, en la no negociación. El incendio permanente del sistema provoca simpatías y genera por cierto algunos avances, como ocurrió con los pingüinos, jóvenes estudiantes secundarios hastiados de recibir una educación paupérrima y discriminatoria. Pero al mismo tiempo, desde sus ideales totalizantes, este grupo no percibe las diferencias y ve como inservible a todo lo que no se acomoda a su particular idea de cambio, un cambio que sólo será real con la caída del capitalismo, el fin de la globalización y el desplome de las instituciones burguesas¿ En los hechos, la acción revolucionaria genera espasmos mediáticos intermitentes que no tocan finalmente a los procesos políticos y económicos que deciden qué educación vamos a tener.

Al Ministerio de Educación han llegado con la nueva ministra los expertos y amantes de lo que podríamos llamar la postura comunitaria o católica, cercana a posiciones conservadoras moderadas, y que en el último tiempo se ha aliado con algunos grupos del liberalismo ilustrado local. Su ideal, encarnado en la Universidad Católica, es elevar la calidad; mantener el sistema que existe limando un poco sus aspectos más sórdidos; asegurar el predominio del adoctrinamiento religioso; y establecer una amplia zona gris entre educación pública y educación privada, de tal manera que sea posible un continuo deslizamiento de los fondos públicos a los establecimientos privados que cuentan con buenos baños y estudiantado rubio. El estado sería un modesto regulador entre privados y, llegado el caso, un distribuidor de limosnas a los más desposeídos (la mayoría del país). Una de sus herramientas más exitosas ha sido la aplicación de criterios abstractos de calidad, sin considerar las heterogeneidades o marcas históricas de la educación chilena.

Por último, late en el alma nacional el ideal republicano de la educación, cuyo bastión en la educación pública de calidad. Basándose en la educación fiscal histórica y en la Universidad de Chile, este grupo considera que basta mirar el funcionamiento de los sistemas educacionales de Europa o de los países anglosajones para percatarse de que en Chile falta más Estado en la educación: en los Estados Unidos el 80% de los universitarios va a universidades públicas, y en Europa las universidades públicas son casi el 90%. ¡Qué diferencia con nuestro sistema tan desigual y privatizado, tan tercermundista¡ El Estado chileno crea universidades pero les niega los fondos para operar adecuadamente, y eso es una hipocresía. La educación pública lo es realmente si es capaz de convocar, a través de establecimientos de calidad, a estudiantes de diversos grupos sociales y económicos. Sus ideales son la no discriminación y el no adoctrinamiento religioso. Sus pecados, la burocracia, la cultura de la queja y la persistencia de masonerías sumergidas.

Ojalá que nueva ley de enseñanza no sea una continuación edulcorada de la que hay sino un cambio que refleje los valores históricos y profundos de nuestro país, y que se expresan en la igualdad de oportunidades, en el pluralismo, en la sana convivencia entre lo privado y lo público sin que uno devore al otro. Todo ello sólo es posible si la educación pública recupera en Chile un nivel que le permita funcionar según estándares internacionales de calidad.

» Hable con Juan Guillermo Tejeda

Juan Guillermo Tejeda es Licenciado en Artes por la Universidad de Chile. Ha enseñado diseño en Barcelona y Santiago de Chile. Premio al mejor Ensayo 2002 del Fondo del Libro y la Lectura por Allende, la señora Lucía y yo. Ha colaborado como columnista en diversos medios chilenos: Revista El Sábado de El Mercurio, The Clinic, La Nación Domingo, etc. Es director del Boletín Académico de la Universidad de Chile.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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