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Scorsese y los Stones: dos potencias se saludan

Cortesía
En el centro, Martin Scorsese, que en Shine a light da testimonio de la vigencia y energía de los Rolling Stones después de más de 40 años de carrera.

Quintín
Buenos Aires, Argentina

La historia del rock and roll es también la historia de los músicos aplastados por él y la de los que, por el contrario, aprendieron a sobrevivir. Para los pioneros de los cincuenta, la cuestión era muy difícil, tanto que casi nadie lo logró. Elvis murió perdido en una nube de pastillas, Buddy Holly se estrelló en un avión, Carl Perkins y Eddie Cochran en un auto, Chuck Berry fue preso, Gene Vincent quedó rengo, Jerry Lee Lewis se volvió loco, Little Richard se volvió predicador... Los managers, los medios de transporte y las botellas eran muy poco confiables por aquel entonces. Más peligroso era el exceso de trabajo y más aun la letra chica de los contratos que le permitía a las empresas discográficas quedarse con casi todo. La repentina y abrumadora fama, la falta de experiencia con el dinero, la impericia para planificar la carrera, probaron ser inmanejables para muchos jóvenes de clase obrera repentinamente convertidos en ídolos. Para los que empezaron en los sesenta, las cosas no fueron mejores: Jimmy Hendrix, Janis Joplin, Otis Reading y tantos otros desparecieron en el apogeo de sus carreras. En los setenta, las trágicas historias de los Sex Pistols y los Ramones probaron que el punk no era tampoco bueno para a salud y la historia de muertes prematuras sigue hasta Kurt Cobain o Joe Strummer. Pero aún más penoso que el accidente aéreo, el suicidio o la sobredosis es ver hoy lo que queda de esas viejas bandas reunidas por un poco de dinero con sus integrantes pelados y panzones, con muy poco que ofrecer además de cierta nostalgia.

Los Stones, en cambio, se han convertido en la demostración viviente de que cuarenta y cinco años de rock and roll no son necesariamente demasiado, que se puede seguir siendo rico, flaco y vigente a los sesenta y cinco. Si alguna vez sintieron simpatía por el demonio, terminaron haciendo con él un pacto fáustico de eterna juventud, desmintiendo el destino que era fácil augurarles cuando eran un grupo rondado por el descontrol y la heroína. La muerte de Brian Jones los afectó temprano, pero también la de gente cercana como Graham Parsons, que le aportó el toque country al grupo, o la de Ian Stewart, el tecladista que fue el sexto y no reconocido Stone durante muchos años. La muerte está también en el famoso asesinato filmado de Gimme Shelter, la heroína estuvo a punto de terminar con Keith Richards y el hastío hizo renunciar tanto al irremplazable Mick Taylor como al irrelevante Bill Wyman. Pero Mick Jagger nunca flaqueó. Su carisma corrió siempre paralelo con su energía para sacar al grupo adelante y su lucidez como hombre de negocios. Su carisma y su protagonismo en el escenario se aprecian en cada presentación del grupo, pero su importancia en el trabajo musical en asociación con Richards fue perfectamente documentada por Jean-Luc Godard en la notable One plus one. Jagger, una extraña combinación de divo, músico, gimnasta y empresario, condujo a los Rolling Stones a través del desierto hacia una vejez triunfal en la que pasean para felicidad de las multitudes de todo el mundo una música que se ha hecho amena, reconocida y predecible. Alguna vez fueron más innovadores, más desprolijos y más malditos, pero hoy son la tarjeta postal de un rock and roll robusto e intemporal.

Shine a light, la película, es el documento perfecto de ese estatuto al que han llegado los Stones: de su impresionante longevidad, de su buena salud, de su estado físico, de su dominio del escenario, de la afiatada solidez de su música. Es una entrada para la mejor ubicación al concierto que los Stones vienen dando en sus giras por el mundo y que los espectadores no pueden ver al menos que tengan una butaca muy privilegiada. En mi propia experiencia en el estadio de River Plate en Buenos Aires, hace algunos años, solo vi del show una pantalla enorme y escuché muy poco. La película de Martin Scorsese le permite a muchos saldar esa deuda y, en ese sentido, es sorprendente que haya tenido tan poco público en la Argentina, cuando los boletos para los recitales de los Stones se agotan y son muchísimo más caros que una entrada al cine. La única hipótesis razonable sobre el asunto es que los espectadores de los conciertos de los Stones (al menos en este país) no van por la música.

Por muchas razones, Scorsese era el director indicado para hacer Shine a Light. Amante de la música, hace mucho que busca la mejor manera de filmar un concierto de rock. Más precisamente, desde que fuera editor y asistente en Woodstock, una película torpe, llena de cortes innecesarios, más orientada hacia el espectáculo sociológico que a la música en sí. Pero en The Last Waltz (1978) Scorsese demostró que le había encontrado la solución al problema. Inspirado en el trabajo de Pennebaker, Leacock y los Hermanos Maysles, pioneros del documental de registro directo y responsables de Monterrey Pop o de Gimme Shelter, entre otras gemas, Scorsese puso varias cámaras a filmar el último concierto de The Band, no se distrajo nunca ni distrajo a los espectadores con tomas del público y logró un trabajo perfecto sobre la despedida de un grupo extraordinario, pero que no aguantó el tren de la vida en la carretera. Uno de sus integrantes, Richard Manuel, se suicidaría unos años después, su líder Robbie Robertson nunca llegaría a tener una carrera solista importante y los otros terminarían luciendo su cansancio y sus barrigas en pálidos revivals y conciertos a beneficio. En esa época, Scorsese ya había dirigido Taxi Driver pero vivía fóbico y angustiado, abusando de algunas sustancias, temeroso de ser un perdedor y de no tener futuro. Después de todo, su generación terminó corriendo una suerte pareja a la de los músicos. Tras algunos éxitos rutilantes, los directores que fueron sus contemporáneos no duraron: sus carrera y sus vidas se complicaron demasiado. Hablo de Coppola con sus avatares financieros y su declinación artística que hoy lo llevan a pasear su gastada humanidad por Buenos Aires, donde no se sabe si es un cineasta o un comerciante de vinos. Pero también de De Palma y sus problemas para filmar en Estados Unidos, de los altibajos de Bogdanovich, de la oscuridad de Schrader, del vertiginoso ocaso de Cimino...

Como los Rolling Stones entre las bandas musicales, Martin Scorsese es el cineasta que logró sobrevivir y convertirse en respetable. Ganó dinero, fama y prestigio, también el Oscar y la idolatría del medio. Hasta se dio el lujo de ocuparse de la restauración de películas, de narrar la historia del cine y de homenajear a otros cineastas. De la misma edad que Jagger y Richards, alcanzó un destino similar. Como ellos, llegó a la madurez en una plenitud digna, aunque muy alejada de sus momentos más creativos. Shine a Light es, finalmente, un encuentro entre personajes exitosos. Frente a las cámaras, un grupo capaz de entretener a la audiencia con su leyenda, su energía y su sonido eficaz e inconfundible. Detrás de ellas, alguien capaz de entregar un producto noble aunque, como el objeto de su retrato, un poco anodino. Scorsese filma de la mejor manera a los Stones, empezando por la elección del lugar: un teatro chico, donde nada se pierde y las cámaras se pueden mover con comodidad entre el público de la alta burguesía neoyorquina que acude a una gala de caridad organizada por Bill Clinton. Para más seguridad, las tomas son todas del segundo concierto, después de haber probado todo en el primero. Nada se improvisa en el recital ni en la película y Scorsese se burla un poco de su propia obsesión por descubrir el único motivo de suspenso: el orden de los temas a interpretar, que Jagger solo le suministra a último momento.

Mientras los Stones repiten una vez más sus rutinas, mezclan sus temas clásicos con algunos nuevos, convocan invitados que le suman un poco más de brillo y diversión al show, Scorsese captura cada gesto de los músicos, organiza un montaje obsesivo y elude todo conflicto, toda arista incómoda en el material de archivo que sirve de pequeño intermedio entre las canciones. Hasta se homenajea también un poco a sí mismo, se filma sonriente a la salida de un largo plano que cita a Goodfellas. Es que el buen humor es el tono de la película, un momento grato, irrelevante y acorde con el presente del director y de los intérpretes. Como si todo se pudiera resumir afirmando que el rock and roll no ha muerto, aunque su sobrevida no dé para excitarse demasiado.

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