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Reproducción
El comediante italiano Totó en la mítica escena del filme Tototruffa 62, donde vende la Fontana di Trevi a un turista norteamericano.
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Vera Gonçalves de Araújo
desde Roma, Italia
Una característica de Italia es la abundancia de estafadores y timadores que tuvieron éxito. Pero ellos -o ellas- no se limitan a su país natal, sino que globalizan sus redes y fraudes, transformando pequeños fraudes en auténticas obras de arte internacionales. Las víctimas designadas son, de preferencia, norteamericanas. El New York Times, hablando del último estafador detenido la semana pasada, usó la expresión charming Italians para designar a toda la categoría.
El "encantador" más reciente es el empresario Raffaello Follieri, de 30 años, ex novio de la actriz Anne Hathaway (la tímida becaria de la película The Devil Wears Prada) y amigo de la familia Clinton. Raffaello fue detenido en Nueva York, acusado de fraude y lavado de dinero. Estaba con las valijas listas para regresar a Italia con un grupo de amigos para festejar sus 30 años con una fastuosa fiesta en Capri. Su último plan era comprar las acciones del club de fútbol Roma con el dinero de un banco texano. Por los delitos de los que se le acusa en los EE.UU., Follieri puede ser condenado a 225 años de prisión; con un buen abogado, puede zafar con siete.
El esquema de Follieri llegaba a ser ingenuo: decía a los norteamericanos que era muy amigo del Papa. Casi un embajador financiero del Vaticano en los Estados Unidos. Con este verso comenzó a comprar propiedades de la Iglesia católica norteamericana con enormes descuentos. Y la Iglesia norteamericana estuvo vendiendo muchos bienes, para solventar las indemnizaciones millonarias en los procesos de los sacerdotes acusados de pedofilia: sólo en 2007 gastaron 615 millones de dólares en los tribunales de los Estados Unidos. Gracias a la fama de "amigo del Papa", Follieri pudo alquilar un departamento en Manhattan con vista al Central Park, pagando 37000 dólares por mes, sin entrar a hablar de su avioncito privado, las fiestas, los restaurantes y su guardarropa de lujo, digno de su fama de playboy.
La lista de los "italianos encantadores" es larga. Algunos casos de película, novela o samba. Como el de Giancarlo Parretti, ex camarero oriundo de Orvieto que llegó a intentar comprar la Metro Goldwyn Mayer. Consiguió un préstamo multimillonario del Crédit Lyonnais: a los franceses les llevó un año descubrir que Parretti era un don nadie. Pero durante ese año, la vida de Parretti fue fantástica: mujeres hermosas, su foto fue publicada en el Wall Street Journal, todo de lo bueno, lo mejor. La fiesta acabó en prisión.
Los grandes estafadores italianos tienen todos un punto débil: Hollywood. Por amor o por negocios, no se pueden resistir a la capital del cine. Tal vez porque sus historias estrafalarias, sus mentiras complicadísimas, sus estafas casi perfectas fueron soñadas y diseñadas a partir de una película.
En una de las películas de los años de oro de la comedia a la italiana, el cómico Totó intentaba vender la Fontana de Trevi a un turista norteamericano, diciendo que estaba cansado de juntar tantas moneditas del agua de la fuente. El gringo finalmente sacaba del bolsillo un rollito de dólares y cerraba trato. En el fondo, los "italianos encantadores" mantienen viva una tradición y un arte.
Terra Magazine