Terra
Terra
 
 

Terra Magazine

› Terra Magazine

Un secuestrado que aprendió humanidad

AFP
Fernando Araújo fue nombrado Canciller de Colombia poco después de haber recobrado su libertad.

Javier Darío Restrepo
Bogotá (Colombia)

El día en que lo secuestraron comenzó para Fernando Araújo el más intenso aprendizaje del oficio de ser hombre.

La primera lección, que se repetiría casi a diario durante los seis años de su secuestro, fue sobre la libertad, como la necesidad más urgente del hombre, más que el aire, el agua o la luz. Había trascurrido un poco más de una hora desde el momento de su secuestro, cuando hizo el primer intento de fuga en un frustrado esfuerzo por derribar al jefe de los bandidos, para salir huyendo.

Desde ese momento, el de huir fue un pensamiento empecinado y un plan en constante maduración: aprendió a leer los movimientos del sol y de la luna, porque en el cielo estaba su brújula; contaba los pasos de todas las movilizaciones de un campamento a otro, porque debía mantener actualizado en mente el mapa de su cautiverio para convertirle en el de su libertad; espió las costumbres, las debilidades de sus captores y los resquicios de su disciplina para hacerlos aliados de su propósito de volver a casa; se impuso la disciplina de mantener el estado físico que le sería necesario, hasta 300 flexiones de pecho, 1.200 abdominales, 1000 flexiones de piernas; para romper los anillos de seguridad que rodeaban su cárcel; cuidó su mente y su sensibilidad con una actitud positiva, apoyada en una invencible esperanza. Fueron tareas, agotadoras casi todas, con las que aprendió que un hombre es la libertad que construye, porque nadie recibe la libertad, todo humano crece en humanidad al levantarla palmo a palmo.

Araújo cuenta este apasionante proceso en las 388 páginas de su libro El Trapecista, un nombre tomado de un cuento de Kafka sobre un acróbata que vivía en su trapecio como él en su hamaca de secuestrado. El relato de su secuestro se convierte en un inspirador manual de autoconstrucción de su propia humanidad.

En un tiempo de radicalizaciones en que a los demás se los exalta como buenos o se los anatematiza como malos, sin calificaciones intermedias, Araújo recuerda a Piñeros, el responsable de una masacre, cuando se le acerca para pedirle que le escriba una carta de amor; otro de sus carceleros le promete espontáneamente traerle una iguana cuando pueda hacerle cacería; el guardián y siete guerrilleros más lo despiertan el día del año nuevo de 2006, para desearle un pronto regreso a la libertad; el comandante Camacho le manda, todavía calientes, los panes que acaba de hornear y el día de su cumpleaños llegan a felicitarlo con una torta de chocolate en forma de corazón.

Son hombres y mujeres de la guerrilla que, sin embargo, no hubieran vacilado en dispararle a matar si lo hubieran sorprendido en fuga, y que exhibían felices y entre risas, como un trofeo, los restos dispersos del cuerpo de algún soldado destrozado por una mina.

Testigo de estos contrastes, su aprendizaje de humanidad le enseñó que ser hombre es llevar consigo una misteriosa combinación de bondad y maldad que sólo la libertad puede cambiar.

Es un relato que página tras página da las claves para derrotar la adversidad: "decidí contrarrestar los sentimientos negativos y destructivos que me invadían"; "necesitaba ser paciente y proactivo", "pondría en práctica lo aprendido sobre libertad, autocontrol, serenidad y calma", "me he prometido ser siempre positivo, combatir la impaciencia, las frustraciones, la tristeza, la incertidumbre, el dolor", "desarrollé una rutina de oraciones", "trataría de aprender todo lo que pudiera y nunca me permitiría perder la esperanza".

El libro reproduce el diario que disciplinadamente llevó, como una forma de conservar un nicho de intimidad y libertad interior, y de preservar la memoria. Allí aparecen, por tanto, como tormentas pasajeras, los días oscuros: "era una secuencia de frustraciones: el despertar y comprobar la realidad, el reprimir los deseos de estar con los míos, el no poder hacer nada productivo, el no poder estudiar, el enfrentar las desilusiones". "Esto es el secuestro: angustia, dolor, desesperanza, tristeza, soledad, abandono".

El gran apoyo de un hombre sometido a la dura prueba del secuestro, es su familia: la que le habla unos segundos por la radio y lo reanima; la que vive en sus recuerdos, y la suya aparece en su recuento como una familia de solidaridad ejemplar. Son decenas de cartas las que pasan ante los ojos del lector con el tierno monotema: los adoro, mil besos, todo mi amor. Por allí desfilan como presencias luminosas y alentadoras, Judit, la madre amorosa, serena, desbordante de fe; el padre, con su energía estimulante y con sus recias convicciones. Ante la iniciativa de pagar rescate, Alberto Araújo lo dijo, amarrando con acero sus sentimientos: "No pueden contar con un peso mío. Cada centavo que yo les dé es para seguir matando, para acabar con el país. A estas alturas de mi vida no voy a transigir con eso".

En otra página, el recuerdo sonríe ante el tierno gesto: "mañana en el grado de Sergi me voy a poner ropa tuya, ya me queda bien", escribe orgulloso, Manolete, el menor de la familia que durante estos años ha crecido hasta alcanzar la estatura del padre ausente.

Hay otra presencia que cruza por todo el libro, sorprendente al comienzo, después como motivo de admiración. Mónica, su esposa el día del secuestro, entra en estas memorias desde la primera página. El lector, que conoce el drama íntimo del abandono que sobrevino después, se pregunta si es rigor de cronista lo que explica esa presencia que páginas más adelante se intensifica con la reproducción del diario de Mónica, y que se vuelve dolorosa cuando comienzan el silencio y las expresiones de una esperanza porque sí, que lo mantiene en la irrealidad de quien piensa con el deseo.

Todo parece culminar cuando Camacho, tras una llamada telefónica, le comunica la verdad: "se casó, hizo vida aparte, se fue con otro". "Sentí que el corazón se me helaba", se lee en el diario. Sin embargo, semanas después, en medio de la alegría del regreso, los ojos de Fernando seguían buscándola entre las decenas de rostros felices que le daban la bienvenida.

El relato de estos seis años es así, una lectura obligada para quien quiera comprobar cómo, desde las fronteras de la muerte y del desespero, puede surgir un hombre que se hace a sí mismo y, trepado sobre sus propios hombros, revela las incalculables posibilidades que se ocultan en cada ser humano.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

Terra Magazine

Terra Magazine América Latina, Vea las ediciones en español